Aprender jugando, escuchando y acompañándose en un asentamiento de Uganda
Cada 11 de junio, el Día Internacional del Juego recuerda que jugar no es un capricho infantil, sino un derecho recogido en la Convención sobre los Derechos del Niño y una de las formas más poderosas que tienen niñas y niños de aprender, sanar y construir vínculos. Para muchos menores que han crecido entre el conflicto y el desplazamiento, sin embargo, ese derecho lleva años sin cumplirse.
Uganda acoge a la mayor población refugiada de África, cerca de dos millones de personas, en su mayoría mujeres, niñas y niños llegados de Sudán del Sur o de la República Democrática del Congo. Frente a esa realidad, en un asentamiento de refugiados del distrito de Adjumani, una nueva forma de enseñar basada en el juego está cambiando por completo la experiencia escolar de niñas y niños obligados a desplazarse. Menores que han sufrido desplazamientos, traumas y una educación interrumpida. Las huellas son evidentes en su confianza, en su participación y en la forma en que viven este proceso de aprendizaje.
Cuando el aula era un lugar al que temer
Hasta no hace mucho, las clases las dirigía casi por completo el profesor. Apenas había interacción y se esperaba que el alumnado permaneciera en silencio. "Muchos alumnos de mi clase eran introvertidos y callados, se sentaban en silencio", recuerda Samuel Ayella, profesor en la escuela. "Los chicos solían sentarse lejos del profesor, como si tuvieran miedo de que los vieran".
El rendimiento era bajo con un ambiente más tenso que participativo. Chol, que hoy cursa séptimo de primaria, describe una experiencia parecida. "Me daba miedo el aula y me limitaba a callarme. Incluso cuando me preguntaban, evitaba el contacto visual", afirma.
Un giro pedagógico que lo cambió todo
El cambio llegó con "Aprender jugando", una metodología impulsada por el proyecto “PlayMatters” de Plan International, que apuesta por el trabajo en grupo, los juegos, la narración de historias y el aprendizaje entre iguales. El profesorado fue formado y acompañado para pasar de dirigir las clases a facilitarlas.
Los resultados llegaron pronto. "En poco tiempo, noté una gran transformación". "Mi clase se volvió activa, alegre y participativa. Incluso los alumnos más callados se volvieron más expresivos, y las chicas empezaron a dirigir las sesiones", cuenta Samuelk.
Las lecciones se volvieron interactivas, los conceptos más fáciles de explicar y entender, y el alumnado mucho más implicado y seguro de sí mismo. Pero los cambios no se quedaron en lo académico. Empezaron a formalizarse relaciones más sólidas entre compañeros y compañeras, a aparecer gestos de apoyo durante las actividades y a notarse una nueva preocupación por el bienestar de los demás.
Chol, que antes huía de cualquier protagonismo, lo resume con sus propias palabras. "Desde que empezamos a tener clases divertidas, la escuela se ha convertido en un lugar más alegre. Las matemáticas, que antes me causaban problemas, de alguna manera se han vuelto más fáciles".
Aulas activas, alegres y participativas
La transformación también se mide en cifras. "Los alumnos que antes sacaban menos del 50 % en asignaturas como matemáticas ahora alcanzan el 65 % o más", explica Samuel. Las niñas, en particular, han empezado a asumir roles de liderazgo más activos en clase. Y junto a las notas han mejorado también la capacidad de atención, la comunicación y la relación entre alumnado y profesorado.
Hoy en día, las aulas de Adjumani son lugares en los que se pregunta, se aprende junto a otros y se construye comunidad. Todo gracias al juego. Samuel mira hacia adelante con la convicción de que ese es el camino. "La enseñanza centrada en el alumno es el camino a seguir. La transformación que he presenciado es notable", destaca.
Plan International