Cuidar a quienes cuidan: la salud mental de los trabajadores humanitarios en Gaza

Artículo Ago 18 / 2026

 

En el Día Mundial de la Asistencia Humanitaria rendimos homenaje a quienes siguen trabajando para ayudar a otras personas en algunos de los contextos más difíciles del mundo

Cuando una crisis estalla, hay personas que permanecen junto a las comunidades afectadas para que niños, niñas y familias puedan seguir recibiendo alimentos, atención sanitaria, educación y protección. Son trabajadores y trabajadoras humanitarios que desarrollan su labor, muchas veces, en medio de conflictos, desastres y situaciones de extrema inseguridad.

Atacar a quienes prestan asistencia humanitaria es inaceptable. El personal humanitario y sanitario no puede ser nunca objetivo de la violencia. Sin embargo, siguen siendo asesinados, heridos, secuestrados, detenidos o bloqueados mientras realizan su trabajo. La mayoría son miembros del personal nacional que presta servicio en sus propias comunidades.

Las consecuencias de estos ataques afectan también a las personas a las que ayudan: cuando quienes están en primera línea no pueden trabajar, se interrumpen servicios esenciales como la distribución de alimentos, la atención sanitaria o la protección de la infancia.

Pero cuidar de quienes prestan ayuda también significa cuidar de su salud mental. En muchas ocasiones, acompañan a otras personas mientras afrontan sus propios duelos, pérdidas, desplazamientos y miedos. Contar con apoyo psicológico y espacios seguros para cuidar su bienestar es fundamental para que puedan seguir ofreciendo una asistencia digna y de calidad.

El año pasado, Plan International alcanzó a 49,2 millones de niños y niñas en todo el mundo y respondió a 73 emergencias, desde Gaza y Sudán hasta Chad, Myanmar y Haití. Entre quienes hacen posible esta respuesta están Esraa y Mohammed, dos trabajadores humanitarios de Gaza que continúan apoyando a niños, niñas y familias mientras hacen frente a sus propias pérdidas.  

 

 

Para Esraa, especialista en apoyo psicosocial de 37 años, el conflicto ha cambiado por completo su vida. Antes tenía cinco hijos e hijas. Durante la guerra perdió a tres y ahora vive con los dos supervivientes. Su familia ha tenido que desplazarse en varias ocasiones, ha atravesado dificultades económicas y ha vivido pérdidas difíciles de imaginar.

"Antes del conflicto, nuestros días estaban llenos de amor, felicidad y alegría. Éramos una familia unida y completa que compartía todo", recuerda. "Ahora somos una familia rota por la pérdida y echamos muchas cosas de menos".

Las consecuencias psicológicas de la guerra van mucho más allá del peligro de los bombardeos o de tener que abandonar el lugar en el que se vive. Las familias conviven con el duelo, el estrés constante y la preocupación diaria por conseguir cubrir sus necesidades más básicas. Para Esraa, el recuerdo de sus hijos e hijas está siempre presente.

"Cuando perdí a mis hijos, sentí que la vida se había ido con ellos", explica. "Caí en un profundo duelo y en una grave depresión. Pero después volvió la esperanza y conseguí salir adelante más fuerte que antes".

A pesar de todo lo que ha vivido, Esraa sigue apoyando a estudiantes y familias en la escuela donde trabaja. Muchos de los niños y niñas le recuerdan a sus propios hijos.

"Lo que me ayuda a seguir adelante y a mantenerme fuerte es el amor de los niños y niñas y su hermosa forma de ser", cuenta. "Cada día, cuando estoy en el trabajo, veo a mis propios hijos e hijas en ellos y los quiero muchísimo".

 

 

Mohammed, coordinador de proyectos educativos de 30 años, también conoce de cerca esa realidad. Tras verse obligado a abandonar su hogar, vive en una tienda de campaña junto a varios miembros de su familia. Durante el conflicto perdió a su hija y a su madre. También ha perdido a compañeros de trabajo y amigos cercanos mientras seguía coordinando programas para niños, niñas y sus familias.

"Lo más difícil ha sido afrontar el impacto emocional de perder a compañeros y amigos cercanos", explica. "Seguir trabajando bajo una presión y una incertidumbre constantes también ha sido muy duro".

Se les pide que acompañen y sostengan a otras personas mientras ellos mismos viven los mismos peligros y pérdidas. Esa carga, mantenida durante meses, puede acabar siendo insoportable.

"Que sigamos trabajando y apoyando a otras personas no significa que no nos afecte", afirma Mohammed.

Para atender también a las necesidades de quienes prestan ayuda, Plan International puso en marcha en Gaza, con el apoyo del fondo Gaza Emergency Duty of Care del Disasters Emergency Committee (DEC) del Reino Unido, un programa de apoyo a la salud mental y psicosocial dirigido a trabajadores y trabajadoras que están en primera línea.

Por razones de seguridad y para facilitar la participación, el programa se desarrolló a distancia. Combinaba talleres en grupo, sesiones individuales de apoyo psicológico y psicoeducación. Durante siete meses, 26 trabajadores y trabajadoras participaron en sesiones sobre gestión del estrés, regulación de las emociones, resolución de problemas, apoyo social y autocuidado. 

Para Esraa, esos encuentros le dieron la posibilidad de dedicar tiempo a algo que, en medio de la guerra y del trabajo diario, había quedado relegado: su propio bienestar.

"Los talleres me ayudaron a superar muchas dificultades y me proporcionaron apoyo tanto psicológico como moral", explica. "Me dieron un espacio que antes no tenía".  

 

 

Las sesiones también les proporcionaron herramientas que podían utilizar en su día a día y en el trabajo. Mohammed recuerda, por ejemplo, cómo aplicó lo aprendido para mantener la calma ante una crisis presupuestaria que amenazaba con paralizar un proyecto educativo.

"En lugar de reaccionar con pánico, apliqué las herramientas de resolución de problemas que había aprendido", cuenta.

Pero quizá uno de los aspectos más importantes del programa fue ofrecerles un lugar en el que pudieran hablar de lo que estaban viviendo, donde quienes cada día escuchan y acompañan a otras personas puedan hablar también de sí mismos.

"La sesión sobre cómo liberar y gestionar las emociones me marcó profundamente", explica Mohammed. "Tuvimos la oportunidad de hablar abiertamente sobre nuestros miedos y sobre los desafíos que llevábamos dentro".

Tanto Esraa como Mohammed aseguran que el apoyo recibido les ha ayudado a afrontar mejor las dificultades y a seguir acompañando a niños, niñas y familias.

"He cambiado para mejor y ahora tengo una perspectiva más amplia", afirma Esraa.

Mohammed resume así lo que aprendió durante el proceso: "En nuestro trabajo, no puedes ofrecer a los demás lo que tú mismo no tienes. Contar con un espacio seguro para afrontar mi propio estrés y aprender herramientas para resolver problemas me ayudó a recuperar el equilibrio y la energía".

Ambos siguen esperando que llegue la paz y la estabilidad. Pero también quieren que el mundo no olvide las historias que hay detrás de las cifras y los titulares.

"Detrás de cada número hay una historia humana y detrás de cada crisis hay una familia que intenta vivir con dignidad y esperanza", recuerda Esraa.

En este Día Mundial de la Asistencia Humanitaria, sus historias nos recuerdan que cuidar de quienes cuidan también es una parte esencial de la respuesta humanitaria.