Gassita se niega a callar ante la violencia de género

Artículo Sep 24 / 2026

 

Cuando los rumores empezaron a correr por su comunidad, dolieron casi tanto como perder su hogar. La gente susurraba que a Gassita la habían echado por atreverse a plantar cara a los hombres. Otros decían que sus esfuerzos por defender a las niñas no servían de nada, una lucha condenada al fracaso. 

Las palabras hacían daño. Pero para Gassita, líder comunitaria de 49 años de la región de Tannounyan, en Burkina Faso, dar marcha atrás nunca fue una opción, por mucho que su activismo haya terminado costándole caro. "Cada vez que pienso en esas jóvenes cuyo futuro está amenazado solo por haber nacido mujeres, indefensas frente a las tradiciones que las oprimen, encuentro la fuerza para seguir adelante", dice.

Gassita, defensora de los derechos de las niñas en Tannounyan, Burkina Faso © Plan International

Durante años, Gassita ha trabajado como presidenta de la asociación de mujeres Sabari Kadi, que apoya a mujeres dedicadas a la transformación y venta de productos forestales. Pero su papel dio un salto mucho mayor después de participar en una formación sobre violencia de género impartida por Plan International y UNFPA.

Esa formación le abrió los ojos a la magnitud de los desafíos que afrontan las niñas y las mujeres de su comunidad. 

"En nuestra zona he visto a demasiadas jóvenes sacrificadas en el altar de la pobreza", explica. "Matrimonios infantiles que destrozan futuros. Adolescentes atraídas por los mineros del oro, sin ser conscientes del peligro que las acecha. Me di cuenta de que no podía mirar hacia otro lado".

 

Alzar la voz por las niñas

En Tannounyan, unas normas sociales profundamente arraigadas siguen exponiendo a mujeres y niñas a la violencia y la discriminación. El matrimonio infantil, el matrimonio forzoso y otras prácticas dañinas continúan siendo una realidad para muchas familias, sobre todo en las comunidades rurales, donde el acceso a servicios de protección es muy limitado. Las dificultades económicas y los efectos del cambio climático han aumentado aún más la presión sobre los hogares, colocando muchas veces a las mujeres y las niñas en una situación de mayor riesgo.

Decidida a cambiar las cosas, Gassita empezó a concienciar sobre la violencia de género y a defender los derechos de las niñas. Las autoridades locales reconocieron su compromiso y respaldaron su labor. Habló abiertamente de asuntos que muchos preferían mantener ocultos y animó a las familias a pensar de otra manera sobre el futuro de sus hijas.

Pero ese trabajo tuvo un precio personal. Tras la muerte de su marido hace varios años, Gassita y sus hijos fueron acogidos por el hermano menor de él, como es costumbre en algunas comunidades. Aquel acuerdo le dio estabilidad en un momento difícil. Sin embargo, a medida que su activismo se hacía más visible, crecían las tensiones dentro del hogar. 

"La protección que antes me daba mi marido desapareció cuando él murió", recuerda. "Vi cómo nuestra convivencia se deterioraba por mi trabajo contra la violencia de género".

Gassita, de 49 años, lucha contra la violencia de género en su asociación de mujeres © Plan International

Cuando defender a otras se paga con represalias

Con el tiempo, su cuñado la acusó de dirigir su activismo contra él personalmente y le pidió que se marchara. De un día para otro, Gassita se encontró buscando un lugar donde vivir. Con recursos muy limitados, recurrió al apoyo de los jóvenes de la comunidad que valoraban su trabajo. Ellos la ayudaron a encontrar una pequeña casa de alquiler, pero pagarla se convirtió en otra carga que tuvo que asumir sola.

Durante casi dos meses ha vivido bajo el peso de la incertidumbre, mientras afronta las críticas de quienes se oponen a su labor. "Empiezan a circular rumores en la comunidad", cuenta. "Se dice que me echaron de mi casa por atreverme a desafiar a los hombres defendiendo causas condenadas al fracaso".

Su experiencia revela una realidad que a menudo permanece oculta. Las mujeres que alzan la voz contra la violencia pueden convertirse ellas mismas en blanco de intimidación, presión social y represalias. La defensa de estos derechos no solo genera resistencia en las comunidades, sino también consecuencias dentro de las propias familias.

Para Gassita, la lucha contra la violencia de género no es una creencia abstracta. Está entretejida en la vida de niñas cuya educación pende de un hilo, de mujeres que buscan seguridad y de familias que intentan liberarse de tradiciones dañinas. El coste ha sido alto. Ha perdido su casa, ha afrontado hostilidad y ha soportado rumores dolorosos. Pero sigue convencida de que el silencio costaría mucho más.