Una comunidad de Guinea cultiva arroz para sostener el comedor de la escuela

Artículo Ago 24 / 2026

 

En una comunidad rural del sureste de Guinea, madres, padres y vecinos se han unido para cultivar su propio arroz para ayudar a mantener el comedor de la escuela. Después de comprobar lo que una comida diaria garantizada en el comedor escolar ha supuesto para sus hijos e hijas, han decidido crear un arrozal comunitario para asegurarse de que el programa pueda seguir funcionando en el futuro. Es la respuesta de todo un pueblo a una pregunta incómoda, qué pasará el día que la ayuda externa se reduzca.

 

 

Durante años, mantener a los niños y niñas en la escuela fue una lucha constante. La pobreza y la inseguridad alimentaria hacían que, a la hora de comer, muchos alumnos salieran a buscar algo que llevarse a la boca en lugar de quedarse en clase. Algunos se adentraban en los bosques cercanos y comían lo que encontraban, con riesgos que iban desde enfermedades hasta mordeduras de serpiente.

Hoy la situación ha cambiado. Gracias a un comedor escolar de base comunitaria, respaldado por Plan International, los niños reciben comidas nutritivas en la propia escuela. En vez de abandonar el recinto al mediodía, se quedan con sus compañeros, comen juntos y siguen aprendiendo en un entorno más seguro.

"Antes, a la hora de comer, nuestros hijos se iban al monte a buscar nueces de palma o se subían a los mangos en busca de algo que llevarse a la boca", recuerda Robert Millimouno, presidente del comité de gestión. "Hoy eso es cosa del pasado. Los niños se quedan en la escuela, juegan con sus compañeros y disfrutan de comidas nutritivas en un entorno seguro".

 

Sembrar hoy para no depender mañana

El comedor llegó acompañado de actividades de horticultura comunitaria. A través de formaciones, los vecinos aprendieron métodos de cultivo innovadores, incluidas técnicas de cultivo hidropónico que muchos no habían visto nunca. Los resultados fueron notables, con verduras y condimentos que mejoraron la calidad de las comidas servidas a los niños y niñas.

Pero pronto empezaron a hacerse una pregunta importante. ¿Qué ocurriría si algún día el apoyo externo se redujera? La respuesta que encontraron fue clara, hacerse ellos mismos cargo del programa. "La razón principal por la que decidimos cultivar este campo es que, cuando alguien te ayuda, tú también tienes que poner de tu parte", explica Robert. "Les explicamos que los suministros que nos dan podrían agotarse algún día, así que este campo podría cubrir lo que faltara".

 

Un arrozal levantado con el esfuerzo de muchas manos

Con esa idea en mente, la comunidad puso en marcha una iniciativa ambiciosa para crear un arrozal dedicado a sostener el comedor escolar. Plan International aportó semillas y fertilizante, y los vecinos pusieron el trabajo y el compromiso. La respuesta fue inmediata. Los jóvenes limpiaron la tierra. Las mujeres se encargaron de preparar y cultivar el campo. Las familias trabajaron codo a codo, movidas por un mismo objetivo, que sus hijos sigan recibiendo comidas que les permitan quedarse en la escuela.

Entre quienes lideran el esfuerzo está Yawa Satta Leno. De pie en el campo junto a otras mujeres, ve el trabajo como una inversión en la próxima generación. "Hemos venido a limpiar este arrozal por el bien de nuestros hijos, que estudian en esta escuela", cuenta. "Habrá comida de sobra, podrán comer hasta saciarse y concentrarse bien en sus clases". Su motivación es profundamente personal. Muchos niños recorren largas distancias desde aldeas vecinas para llegar al colegio, y para ellos la promesa de una comida puede marcar la diferencia entre asistir o no. "Rezamos para que esta iniciativa continúe, porque beneficia mucho a nuestros hijos, que vienen de pueblos lejanos", añade.

El trabajo está lejos de terminar. Los responsables de la comunidad piensan ya en ampliar la producción y en conseguir más tierra apta para el cultivo, con la esperanza de que las próximas cosechas refuercen el programa y garanticen comida durante años. Lo que hace especial a esta comunidad no es solo que exista un comedor escolar, sino la forma en que lo ha hecho suyo. En lugar de ver la ayuda externa como una solución permanente, la han convertido en una oportunidad para valerse por sí mismos. En ese arrozal, cada palmo de tierra despejado y cada semilla plantada representan un compromiso colectivo con el futuro de sus hijos. La comunidad no solo cultiva alimentos; cultiva esperanza.