Cabo Delgado, donde la infancia se reconstruye tras años de violencia

Artículo Jun 24 / 2026

 

En la provincia de Cabo Delgado, ubicada en el norte de Mozambique, infinidad de familias desplazadas por años de conflicto intentan rehacer su vida con lo poco que pudieron llevarse al huir. Para niñas, niños, adolescentes y jóvenes, el desarraigo ha supuesto interrupción escolar, separación de sus familias y exposición a una violencia que muy pocas personas están preparadas para asimilar. 

 

 

Frente a esa realidad, el proyecto “PROTEGE”, impulsado por Plan International junto a las organizaciones Helpcode y PROMURA y financiado por la Oficina de Protección Civil y Ayuda Humanitaria de la Unión Europea (ECHO), acompaña desde mayo de 2025 a sociedades enteras de los distritos de Nangade, Mueda, Muidumbe y Macomia.

Pese a todo, hay vidas que están empezando a recomponerse. Lucía, de 18 años, recuerda con claridad el día que recibió la noticia que más esperaba. "El día más feliz de mi vida fue aquel en el que los miembros del proyecto me dijeron que mis padres estaban vivos y en otro lugar de reasentamiento", explica emocionada.

Como ella, miles de niñas y niños desplazados en Cabo Delgado han pasado meses sin saber si sus familias habían sobrevivido. La separación durante la huida es habitual y, a menudo, se prolonga durante semanas o meses. 

 

Reconectar a las familias que la guerra separó

Una de las prioridades del proyecto es la búsqueda activa de familiares y la reunificación de menores separados o que viajan solos. "Realizamos una amplia gestión de casos de niñas y niños separados o no acompañados", explica Rumbidzai Dhliwayo, especialista en Protección Infantil en Emergencias. "Identificamos primero a los menores en coordinación con los servicios sociales, después buscamos a familias de acogida en la comunidad y, en paralelo, ponemos en marcha la búsqueda de la familia para tratar de reunirles".

 

 

Esta labor se complementa con respuestas inmediatas en los momentos más críticos. Cuando la violencia se recrudeció en Chiure el pasado 25 de julio de 2025, los equipos de emergencia se movilizaron en pocas horas. En cuestión de días estaban en pie las primeras instalaciones de saneamiento, se habían distribuido kits de alimentos y se habían abierto espacios seguros donde mujeres, niñas y niños podían recibir apoyo.

 

Aulas improvisadas, aprendizajes que perduran

Para muchas adolescentes, estos espacios seguros se han convertido también en aulas. Sara*, de 14 años, se sienta sobre una esterilla con su cuaderno apoyado en las rodillas. Hasta hace poco no tenía acceso a ningún tipo de educación. "Durante mucho tiempo no tuve recursos para ir al colegio, ni siquiera cuadernos. Ahora el proyecto nos ha facilitado material escolar", cuenta.

En estos mismos espacios ha aprendido también sobre los riesgos del matrimonio infantil y el embarazo precoz, y dice que esa información ya está marcando sus decisiones. "No deberíamos casarnos siendo todavía niñas. Si nos quedamos embarazadas siendo niñas, dar a luz es muy complicado", sentencia.

El impacto no llega solo a las chicas. Antonio*, de 13 años, lo resume con sencillez. "Antes de unirme al proyecto, no respetaba a mis padres. Ahora sí. Ahora me quieren mucho y están felices".

 

 

Detrás de ese cambio hay un trabajo de fondo con las familias a través de “PALS” (Parents and Adolescents Life Skills), un enfoque que pone el foco en reforzar los vínculos familiares y en crear entornos más seguros y comprensivos en casa. "Usamos un enfoque de aprendizaje llamado PALS, que busca mejorar el entorno protector de la familia trabajando con padres y madres sobre cómo fortalecer o mejorar sus relaciones con sus hijas e hijos", explica Leila Nhantumbo, responsable del proyecto en “PROMURA”.

A esto se suman los espacios amigos de la infancia, donde niñas y niños procesan el trauma a través del juego y de actividades creativas. "Nos hemos dado cuenta de que las niñas y los niños que desarrollan habilidades básicas en pintura, dibujo o deporte consiguen apartar mejor lo que han vivido a causa del conflicto", explica Lucia Vilanculos, técnica de protección de Plan International.

 

Denunciar la violencia empieza a ser posible

En comunidades en las que la violencia de género había sido habitual y rara vez se denunciaba, también empiezan a notarse cambios. Valeriano Lisaka, miembro del Comité Comunitario de Protección Infantil, lo ha visto de primera mano. "Antes había muchos casos de violencia aquí. Ahora podemos pasar un mes con un solo caso, o tres meses sin recibir ninguno", afirma.

Para Teresa*, de 14 años, ese acompañamiento llegó en un momento especialmente vulnerable. Embarazada a los 13 y aislada de sus iguales, recibió apoyo continuado del equipo de seguimiento comunitario. "Me ayudaron mucho y me apoyaron cuando me sentía sola", recuerda. El acompañamiento, desde insumos básicos hasta ayuda económica, le permitió cuidar a su bebé y recuperar cierta estabilidad. Hoy mira al futuro con otra mirada. "Espero que mi hijo crezca y se convierta en enfermero, y que pueda ayudar a toda la comunidad".

Las cicatrices del conflicto siguen siendo visibles en Cabo Delgado, en las infraestructuras dañadas, en las vidas rotas y en la memoria de quienes tuvieron que huir. Pero la reconstrucción lenta de sistemas de protección, de vínculos y de oportunidades está poniendo los cimientos para una recuperación que ya se palpa en historias como las de Lucía, Sara, Antonio y Teresa. "Quiero dar las gracias a todos los que me ayudaron a tener una vida mejor", dice Teresa. Una frase que resume un futuro que, aunque incierto, ha dejado de estar vacío de esperanza.

 

*Los nombres han sido modificados para proteger su identidad.