El terremoto en Venezuela contado por dos hermanos: "Seguimos teniendo miedo"

Artículo Jul 10 / 2026

 

Alexa, 12, e Ibrahim, 8, abrazados tras el terremoto de Venezuela © Plan International

 

El impacto del terremoto en Venezuela sobre la infancia

Miles de familias siguen desplazadas tras los terremotos que sacudieron el norte de Venezuela el pasado junio. Para las niñas y los niños, el impacto va mucho más allá de los daños materiales: el miedo, la ansiedad y la incertidumbre continúan semanas después. Alexa, de 12 años, e Ibrahim, de 8, cuentan cómo vivieron el seísmo y cómo Plan International apoya a las familias más afectadas con apoyo humanitario junto a organizaciones locales.

Alexa e Ibrahim viven en el distrito de El Junquito, cerca de Caracas. Aquella tarde estaban en casa cuando el suelo empezó a moverse. "Estaba tumbada en la cama hablando con mi madre", recuerda Alexa. "Me había llamado, y pensé que era mi hermano pequeño saltando en la cama". A pocos metros, Ibrahim veía dibujos animados. "Pensé que alguien estaba sacudiendo mi cama, pero cuando miré alrededor, no había nadie".

 

El instante en que todo empezó a temblar

La confusión duró apenas unos segundos. Después llegó el miedo. "Vi cómo las paredes se agrietaban, así que grité a Alexa y salí corriendo", cuenta Ibrahim. "Casi me di la vuelta para buscar a mi hermana, pero entonces la vi salir". Alexa también había reaccionado. "Me asusté y salí corriendo, y encontré a mi hermano mayor. Los dos estábamos muy asustados".

El edificio no dejaba de temblar. Los vecinos salían a la calle mientras caían escombros. "Justo cuando íbamos a salir, vimos el terremoto y los ladrillos cayendo desde la torre. Todos salieron, asustados", relata Ibrahim. Entre ellos había otras niñas y niños del barrio que salieron llorando junto a sus familias. Los hermanos se sumaron al grupo de vecinos que trataba de alejarse del edificio. "Decidimos apartarnos, por si los ladrillos golpeaban a alguien en la cabeza".

 

Después del temblor llega la preocupación por los demás

En medio del caos, ambos pensaban en sus familiares. Alexa se acordaba enseguida de sus tías, que viven en zonas mucho más castigadas por el seísmo. "Una vive en La Guaira y la otra en La Vega". Las noticias llegarían poco a poco, y no serían tranquilizadoras. "A una de mis tías le cayó un muro en la cabeza y también se le derrumbó el techo. Está muy malherida. Ahora está en un albergue", explica. "A mis otras tías las han evacuado. Quiero que la gente les mande muchas cosas, porque las necesitan mucho". Ibrahim, por su parte, tenía la mente puesta en su madre. "Estábamos preocupados por ella, porque se había quedado fuera, en la calle".

La familia no sufrió daños físicos, pero el temblor no se fue con la sacudida. Días después, Alexa dice que sigue sintiendo que todo se mueve. "Ahora, cuando miro las cosas, siento como si se estuvieran moviendo". Muchas personas cuentan lo mismo después de vivir un terremoto fuerte, esa sensación se queda pegada durante semanas. Durante varias noches, la familia durmió al raso por miedo a volver a entrar en casa. Los bomberos acabaron revisando el edificio y confirmando que era seguro, pero la mañana siguiente volvió a temblar y el miedo regresó de golpe.
Al preguntarles qué hace falta, ambos coinciden. "Lo que necesitamos son tiendas de campaña y otras cosas para las personas que las necesitan", dice Alexa. Ibrahim asiente. "Lo que más falta ahora son tiendas de campaña y mantas".

En el norte de Venezuela siguen desplazadas miles de familias. Los albergues siguen recibiendo a personas que han perdido su casa o que no se atreven a regresar a viviendas dañadas. Para las niñas y los niños, el terremoto no ha sido solo aquellos segundos de temblor. Es también todo lo que ha venido después, el miedo que se queda, las noches en vela, la preocupación por los suyos. Y, a pesar de todo, el mensaje de Ibrahim es sencillo. "Que se cuiden y cuiden unos a otros".

Su historia habla de miedo, pero también de cómo dos hermanos se buscaron entre el caos, de cómo unos vecinos cuidan de otros y de cómo, cuando el suelo se mueve sin avisar, son los vínculos los que ayudan a seguir adelante.