En Guinea, con el final del curso se acaba también la única comida garantizada para muchas niñas
En una aldea rural de la prefectura de Guéckédou, en Guinea, la jornada escolar solía terminar antes de hora. Largas caminatas bajo el sol, estómagos vacíos y fatiga al mediodía hacían imposible concentrarse en clase. Para las niñas, además, la pobreza, las distancias y la presión social añadían el riesgo de matrimonio infantil, embarazos no deseados y violencia sexual. Frente a esa realidad, la comunidad ha puesto en marcha, con el apoyo de Plan International, un comedor escolar gestionado por las propias familias.

Un comedor levantado y sostenido por la comunidad
A diferencia de muchas intervenciones impulsadas desde fuera, este comedor se construyó, se abastece y se gestiona desde la propia aldea. Las familias aportan productos locales — arroz, verduras, aceite, pescado —, mientras que el grupo de mujeres del pueblo ha creado un huerto comunitario para los condimentos. Así abaratan el coste y garantizan menús saludables y de proximidad. "Me siento orgullosa de ver a nuestras niñas y niños comiendo alimentos cultivados aquí. Es comida sana, salida de nuestra propia tierra", explica la presidenta del grupo de mujeres.
Los efectos han sido inmediatos. Niñas y niños permanecen en la escuela toda la jornada, el profesorado nota más atención y motivación tras la comida, y las tardes, antes asociadas al cansancio, han pasado a ser tiempo de aprendizaje. "Recuerdo cuando los niños no podían seguir las clases por la tarde porque tenían hambre. Ahora comen lo suficiente y pueden mantener la concentración", cuenta Niouma Patrice, anciano del pueblo de 70 años.
Una herramienta de protección invisible
Más allá del rendimiento académico, el efecto del comedor empieza a notarse también en el terreno de la protección, en especial para las niñas. Una asistencia más regular y un menor abandono escolar las mantienen en el aula durante más tiempo y reducen su exposición al matrimonio infantil y al embarazo adolescente. El director del centro también percibe estos cambios. "Veo cómo vuelve la estabilidad a todos los niveles. Después del almuerzo, descansan, recuperan energía, repasan y vuelven a clase con ganas. Hay una atmósfera de alegría en toda la escuela", afirma.
El liderazgo comunitario ha sido clave para que el modelo funcione. "Al principio no entendíamos del todo la importancia del programa. Hoy sabemos que, con buena organización, podemos actuar por nosotras mismas", reconoce la presidenta del comité de gestión. Su impacto empieza a despertar el interés de otras comunidades remotas de la prefectura, atentas a una fórmula que combina alimentación, educación y autonomía.
Para quienes están en el centro de esta historia, niñas y niños del aula, el cambio se siente de forma mucho más sencilla. Significa quedarse, aprender y mirar al día siguiente con otra cara. "Estoy muy contenta con este comedor. Gracias a él, niñas y niños se quedan en la escuela", resume Niouma, alumna de cuarto curso.
Lo que comenzó como una iniciativa para que niñas y niños comieran caliente cada día se ha convertido en una palanca para la igualdad, la protección y el aprendizaje. Una manera muy concreta de demostrar que el futuro, sobre todo el de las niñas, también se construye en la cocina del colegio.
Plan International