Para Farah, una niña de 11 años, la vida en Gaza está marcada por el desplazamiento y la escasez. Desde hace un año y medio, Farah y doce miembros de su familia viven en una tienda de campaña instalada en la calle. Allí comparten un espacio diminuto, intentando sobrevivir al día a día en medio de condiciones climáticas extremas.
Tras haber perdido dos años completos de escolarización debido al conflicto, Farah pudo regresar al fin a la escuela hace apenas una semana. Aunque no tiene libros ni cuadernos, su deseo de aprender sigue intacto y mantiene vivo su sueño de convertirse algún día en profesora. Ahora, la incertidumbre generada por los ataques contra Irán y Oriente Medio sigue poniendo en duda el futuro de la infancia de la Franja.
Una vida diaria marcada por la escasez
La tienda en la que vive su familia es como una habitación pequeña. Está hecha con materiales muy finos y deteriorados por el clima. Ya apenas protege del calor intenso del verano o del frío y la lluvia en invierno. Sin baño, calefacción ni un lugar privado para asearse, a veces Farah pasa casi una semana sin poder bañarse.
“No quiero vivir en una tienda. Quiero volver a casa”, dice. “Los doce vivimos aquí. La tienda es muy pequeña y no cabemos bien”.
Cada mañana empieza con una tarea que ya forma parte de su rutina: recoger agua.
“Me despierto y voy a recoger agua. Me canso porque la garrafa pesa mucho. Corro y hago fila hasta llenarla. Lleno ocho litros y luego pesa muchísimo”.
Cuando el camión cisterna no llega, la familia se queda sin abastecimiento. Farah recuerda un viernes reciente en el que no tuvieron ni una gota de agua en todo el día: “Tenía muchísima sed”.
La comida tampoco está garantizada. A pesar del alto el fuego, todavía dependen de la ayuda de otros para poder comer. “Conseguimos comida de la cocina comunitaria o se la pedimos a otras personas; aunque a veces no hay mucha”.
A menudo, Farah comparte su ración con sus hermanos pequeños, incluso cuando le duele el estómago por el hambre. “A veces reducimos cuánto comemos para que no se acabe todo”.
La comida se cocina sobre cartón y trozos de madera porque el gas es muy escaso. Su dieta está compuesta principalmente por cebada y maíz, lo que también afecta a su salud.
“Nos duele la tripa de comer tanta cebada y maíz… A veces nos quedamos con hambre. Desearía que pudiéramos comer más”.
Desplazamiento y heridas del conflicto
El desplazamiento de la familia ha sido largo y traumático. Después de que fuerzas armadas israelíes ordenaran evacuar uno de los campamentos en los que se quedaron, tuvieron que huir tan rápido que solo pudieron llevarse unas pocas prendas de ropa. Algunos vecinos que intentaron regresar para recoger sus pertenencias murieron.
Desde entonces, la familia ha tenido que trasladarse varias veces sin encontrar un lugar seguro donde quedarse. En una ocasión pudieron visitar su casa y comprobaron que seguía en pie, pero regresar a vivir allí no era posible.
El conflicto también ha dejado profundas heridas emocionales. Farah recuerda con claridad el día en que su hermano menor fue alcanzado por una bala mientras estaba cerca de la tienda.
“Una bala le dio y quedó paralizado. Nunca olvidaré sus gritos”.
Uno de sus mayores deseos es que algún día pueda recibir una operación y volver a caminar.
Volver a aprender, incluso sin recursos
A pesar de todo, Farah no ha perdido su motivación por estudiar. Tras perder completamente cuarto y quinto curso, hace apenas una semana pudo volver a la escuela.
“Estoy en sexto curso. Estoy feliz porque amo ir al colegio y me gusta aprender”.
Sin embargo, el centro al que asiste tiene muy pocos recursos. “No tenemos nada para leer. No hay cuadernos, hay pocos bolígrafos y no tenemos libros”.
Aun así, Farah tiene claro su objetivo. “Quiero ser profesora, porque me gusta escribir y quiero que los niños y las niñas aprendan”.
Gracias al trabajo de Juzoor for Health and Social Development, socio local de Plan International, su familia ha recibido algo de apoyo y han podido acceder a vales de comida, ropa, revisiones médicas y fisioterapia para su hermano.
Mantener viva la infancia en medio de la guerra
Farah echa de menos muchas cosas de su vida anterior: su casa, visitar a su abuelo, las celebraciones del fin del Ramadán y jugar libremente con sus amigos y amigas.
“Ahora no hay Eid y no hay nadie con quien celebrar”, explica. “Echo de menos comer dulces y chocolate. A veces me pongo triste cuando veo algo en el mercado y no puedo comprarlo para mis hermanos porque no tengo dinero”.
Aun así, algunos momentos felices siguen apareciendo entre las dificultades:.
“Me alegra mucho cuando mis amigos me llaman para jugar”.
Con sus primos y primas salta a la comba, juega en un columpio o trepa por los escombros porque no hay otro lugar donde ir. También le encanta contar historias y escribirlas en árabe.
Aunque su vida diaria está marcada por la lucha, la imaginación de Farah sigue viva. Su esperanza de un futuro como maestra—enseñando, leyendo y aprendiendo— permanece intacta. En un lugar donde tanto se ha perdido, sus sueños siguen siendo una de las pocas cosas que nadie ha podido quitarle.


