En las comunidades indígenas de San Pedro y Guairá, en Paraguay, el fútbol ha dejado de ser un deporte más. Con el impulso de Plan International, se ha convertido en un espacio donde chicas y chicos aprenden a tratarse con respeto, a cuidar de su bienestar y a reconectar con su propia identidad cultural.
En rincones apartados de San Pedro y Guairá, donde el tiempo parece seguir otro compás, viven comunidades indígenas que durante generaciones han sabido conservar sus tradiciones, su lengua y su forma de entender la vida. Son a menudo olvidadas por las políticas públicas y, por ende, cuentan con un acceso limitado a los servicios básicos. No obstante, estas comunidades siguen adelante sostenidas por la fuerza de sus raíces y por el empuje de una juventud que quiere construir su propio futuro sin renunciar a lo que es.
Niñas, niños y adolescentes crecen en contextos en los que sus opiniones todavía no se escuchan como deberían. A esto se suman las distintas formas de violencia que sufren y la pérdida progresiva de la identidad cultural, algo que afecta directamente a su desarrollo. La brecha generacional, además, sigue ensanchándose, lo que complica aún más mantener viva esa identidad y los lazos personales y comunitarios.
Todo esto conlleva que se llegue a un punto en el que ni siquiera identifican la gravedad de lo que viven, no se sienten con fuerzas para pedir ayuda o, sencillamente, no saben a quién acudir o cómo denunciar.
En ese escenario, la Liga Joaju se ha convertido en una palanca de cambio. Su particularidad está en que chicas y chicos participan en igualdad de condiciones, cuestionando de raíz esa idea tan asentada de que el fútbol es cosa de hombres. Para muchas niñas, como Lisa, es la primera vez que pueden practicar un deporte. “Los chicos no me dejaban participar porque soy una niña; no querían que jugara con ellos”, cuenta la joven.
Joaju, que en guaraní significa “estar unidos por un propósito común”, resume la filosofía del proyecto: la igualdad se construye entre todas y todos, como un equipo que juega limpio, colabora y se trata con respeto. El deporte se convierte así en una herramienta para derribar barreras y para aprender nuevas formas de convivir basadas en la amabilidad y el cuidado mutuo.
Durante mucho tiempo, el acceso al deporte ha estado vetado a muchas adolescentes indígenas por roles de género muy rígidos. El proyecto abre, precisamente, la puerta a que esas barreras se nombren y se cuestionen desde la propia comunidad. A Dana, de 14 años, la intentaban disuadir una y otra vez. “Me decían que no podía jugar porque es un deporte de hombres, y que yo solo tenía que jugar con muñecas”, recuerda.
Y es que la Liga Joaju no se queda en el ámbito deportivo. Cada entrenamiento incluye a su vez talleres de bienestar socioemocional y ofrece a las chicas herramientas muy concretas para prevenir la violencia. A través de metodologías participativas, se invita a la juventud a fijarse en su propia realidad, a reflexionar sobre sus derechos y a aprender a reconocer y responder ante situaciones de violencia.
Todo ello contribuye a crear entornos más seguros y protectores. El proyecto, además, pone en valor el patrimonio cultural y el legado ancestral, integrando juegos tradicionales, espiritualidad y prácticas comunitarias como pilares fundamentales de la identidad.
Hoy, Lisa y Dana forman parte de algo que va mucho más allá de un equipo de fútbol. Son parte de un cambio social. “El fútbol es mi pasión. Me hace feliz, me ayuda a hacer nuevas amistades y me hace sentir bien”, dice Dana. “Mi sueño es llegar a ser futbolista profesional”.
“Yo juego al fútbol porque me gusta”, afirma Lisa. “Los chicos ya han aceptado que juegue con ellos. Me gusta jugar como defensa. Cuando salimos al campo nos sentimos libres y nos olvidamos de todo. Todos y todas tenemos los mismos derechos y las mismas oportunidades para jugar al fútbol.”
Historias como las de estas jóvenes demuestran que, cuando a las niñas se les da la oportunidad de jugar en igualdad de condiciones, el cambio se hace posible. Porque donde antes había barreras, hoy hay un equipo donde todos y todas juegan, y ganan, juntos.


