Cuatro años después del inicio de la guerra a gran escala en Ucrania, la organización humanitaria Plan International lanza una advertencia urgente: sin una inversión sostenida en salud mental y apoyo psicosocial, toda una generación de niños y niñas ucranianos corre el riesgo de crecer con secuelas psicológicas a largo plazo que afectarán al futuro del país durante décadas.
Los niños y las niñas en Ucrania han pasado hasta 5.000 horas refugiándose bajo tierra, el equivalente a casi siete meses de sus vidas. Uno de cada tres afirma ahora que los exámenes escolares les resultan más estresantes que las sirenas antiaéreas, lo que pone de manifiesto hasta qué punto el conflicto ha transformado su percepción de lo que es normal.
«Todos los niños y las niñas en Ucrania comparten esta experiencia de dormir en refugios antibombas y de vivir sin educación presencial ni electricidad. Han perdido cualquier sensación de seguridad básica», afirmó Sven Coppens, director de Respuesta Humanitaria en Ucrania de Plan International. «Las emergencias humanitarias suelen medirse en semanas o meses. Tras cuatro años de guerra a gran escala, esto se ha convertido en una crisis prolongada y la respuesta pasa ahora por evitar daños irreversibles a toda una generación».
Muchos niños y niñas se han visto obligados a huir de sus hogares en múltiples ocasiones, perdiendo espacios de confort tan familiares como sus habitaciones, parques infantiles y aulas. Durante largos periodos, la escolarización ha tenido lugar en línea, privándoles de entornos seguros donde aprender, socializar y construir amistades.
A estas pérdidas se suma, en muchos casos, la separación de familiares que sirven en las fuerzas armadas. Uno de cada tres niños y niñas ha vivido la muerte o las heridas graves de una amistad cercana o de un familiar. «Esto está teniendo consecuencias enormes en la salud mental de la infancia», explicó Tetiana Zaiets, especialista en protección de Plan International en Ucrania. «Vivir bajo un miedo constante afecta a la forma en que los niños y las niñas hablan, aprenden y se relacionan con los demás. No se trata solo de estrés: hablamos de un sufrimiento profundo, con consecuencias duraderas».
El impacto psicológico se manifiesta de múltiples maneras: miedo persistente y pesadillas, aumento de la agresividad, aislamiento social y graves dificultades de concentración. Especialistas en salud mental que trabajan con Plan International alertan de incrementos preocupantes de problemas de memoria y del habla, especialmente entre niños y niñas que viven cerca de los epicentros de ataques con drones y misiles.
Un espacio seguro para volver a dormir sin miedo
Damir, de 8 años, ha pasado más de la mitad de su vida conviviendo con pesadillas provocadas por la guerra. Muchas noches se despierta sobresaltado, incapaz de distinguir las paredes de su habitación de las explosiones que aparecen en sus sueños. En un espacio amigo de la infancia apoyado por Plan International en el centro de Ucrania, la terapia artística le ha ayudado a expresar y gestionar ese miedo.
«Es difícil explicar la ansiedad a un niño pequeño, así que le pedí que dibujara lo que sentía», explica Viktoria, psicóloga de crisis. Con el tiempo, Damir empezó a dormir mejor, a reducir su ansiedad y a relacionarse con más confianza con su madre y con otros niños y niñas. «Soy muy bueno en kárate y quiero competir con otros niños», dice ahora, mientras juega rodeado de colores.
Damir juega en la piscina de bolas del espacio infantil apoyado por la ONG Plan International © Mirja Vogel/Plan International
En las familias forzadas a huir de sus hogares, madres, padres y personas cuidadoras suelen pasar largas horas tratando de garantizar la subsistencia del hogar, lo que reduce el tiempo de interacción de calidad con sus hijos e hijas. Esto les priva de oportunidades clave para practicar la comunicación y la expresión emocional. Las y los adolescentes se ven especialmente afectados por la crisis. En plena transición de la infancia a la vida adulta, afrontan una ansiedad profunda tanto por su seguridad inmediata como por su futuro, con pocos espacios para socializar o expresarse. Los roles de género profundamente arraigados dificultan especialmente que los chicos hablen abiertamente de sus emociones.
Si no se atienden las necesidades de salud mental de la infancia, existe el riesgo de que crezcan con un sufrimiento profundo y prolongado, con bajo rendimiento escolar o recurriendo a mecanismos de afrontamiento negativos como el consumo de drogas o alcohol o la adopción de conductas de riesgo, lo que afectará al futuro de la sociedad ucraniana.
El impacto de la guerra se extiende también a las familias y a las personas cuidadoras, que afrontan estrés, agotamiento e incertidumbre. «Si quienes cuidan están desbordados, los niños y las niñas lo perciben de inmediato», explicó Coppens. «Pero cuando las personas cuidadoras reciben apoyo y son resilientes, los niños y las niñas suelen reflejar esa resiliencia. Por eso hemos hecho del apoyo psicosocial y de la salud mental una prioridad».
En estrecha colaboración con organizaciones socias, Plan International está respondiendo a la crisis con iniciativas como espacios amigos de la infancia en refugios antibombas rehabilitados, donde los niños y las niñas pueden aprender y jugar con seguridad y recuperar una sensación de normalidad. Las sesiones de apoyo a la parentalidad ayudan a madres, padres y personas cuidadoras a comunicarse mejor con sus hijos e hijas, gestionar el estrés y prevenir el agotamiento. Las familias han observado mejoras notables: sus hijos e hijas están más felices, tienen más confianza en sí mismos y se expresan con mayor fluidez. Estos espacios también permiten que madres y padres se conecten entre sí, creando redes de apoyo que benefician a familias y comunidades enteras.
Sin embargo, la magnitud de las necesidades supera con creces los recursos disponibles. De los 10,8 millones de personas en Ucrania que actualmente necesitan asistencia humanitaria, los recortes de financiación y las dificultades para llegar a las poblaciones cercanas a las líneas del frente hacen que solo un tercio (3,6 millones de personas) pueda recibir apoyo en estos momentos.
«Si no abordamos estas necesidades ahora, corremos el riesgo de perder a toda una generación. ¿Cómo pueden los y las jóvenes contribuir a la sociedad si las cicatrices invisibles convierten la vida diaria en una lucha constante?», se preguntó Coppens. «Hacemos un llamamiento a la comunidad internacional para que siga apoyando la respuesta humanitaria en Ucrania y priorice la inversión a largo plazo en educación, salud mental y servicios psicosociales, para que los niños y las niñas de Ucrania puedan decir: “el mundo estuvo a nuestro lado y sanamos”».