En la región nororiental de Ghana, la infancia de Hajara siguió un camino que ya estaba trazado para muchas niñas y adolescentes, incluida ella: abandonar la escuela, trabajar en casa, labrar la tierra y casarse pronto.
Por qué muchas niñas abandonan la escuela en Ghana
Hajara había sido una alumna como cualquier otra. Llegó hasta tercer curso antes de que su padre pusiera fin a su escolarización. La razón, una cuestión de creencias. “Las niñas no están hechas para la escuela; su lugar está en la cocina y en el campo”, le dijo. Su madre estaba de acuerdo. Ambos padres eran agricultores sin estudios, moldeados por las mismas tradiciones que han guiado a generaciones enteras.
Tras dejar la escuela, Hajara se quedó en casa mientras sus hermanos y hermanas continuaban su educación. Cada mañana recogía agua, ayudaba en las labores del campo y realizaba las tareas del hogar. Con el tiempo, lo que había aprendido en clase fue desvaneciéndose. “Poco a poco olvidé cómo leer y escribir”, cuenta. Lo que reemplazó su sueño de aprender fue la aceptación resignada de un matrimonio temprano y una vida con pocas opciones.
Esta historia no es inusual en el norte de Ghana, donde la pobreza y las normas sociales arraigadas siguen manteniendo a muchas niñas fuera de la escuela. Los padres que nunca tuvieron acceso a la educación suelen ver más valor inmediato en el trabajo de sus hijas que en el aprendizaje a largo plazo. Para niñas como Hajara, abandonar la escuela tiene consecuencias que van mucho más allá del aula: afectan a la confianza, a las oportunidades y al control sobre sus propias vidas.
La educación como punto de inflexión para las niñas
El cambio llegó de forma inesperada. Un día, un equipo de Plan International llegó a la aldea de Hajara. Se reunieron con miembros de la comunidad y hablaron sobre la educación de las niñas. Su padre se mostró reticente al principio. “Dijo que no deberían llenarnos la cabeza de ideas”, recuerda Hajara. Pero las reuniones de sensibilización comunitaria continuaron, y ambos padres participaron en charlas sobre lo que la educación podía ofrecer, no en términos abstractos, sino en beneficios prácticos y cotidianos.
Esas conversaciones abrieron una puerta. Plan International identificó a Hajara como una niña fuera del sistema escolar y la invitó a unirse a las clases de Educación Básica Complementaria (CBE), diseñadas para ayudar a los niños a recuperar el aprendizaje fundamental. Su padre aceptó, aunque con cautela al principio. Las clases se programaron después de las tareas del hogar, para no mermar su contribución en casa y todos los materiales escolares se proporcionaron de forma gratuita.
Para Hajara, volver a aprender fue un desafío. Las clases se impartían en su dialecto local, lo que facilitó el acceso a las lecciones y suavizó su reincorporación a la educación. La paciencia de sus profesores y el apoyo constante le ayudaron a recuperar lo que había perdido. A lo largo de diez meses, su nivel de lectura y cálculo mejoró de forma significativa. “Antes, no podía ni escribir mi nombre”, dice. “Ahora puedo leer cuentos, puedo escribir cartas”.
Una estudiante que inspira a su comunidad
Tras completar el programa, Hajara regresó al colegio y fue matriculada en quinto curso. En menos de un año, se situó entre los mejores estudiantes de su clase. Representó a su escuela en competiciones de lectura y ortografía, y salió ganadora en un concurso.
El impacto de su progreso fue más allá del aula. En casa, Hajara empezó a ayudar a su madre a contar tomates en el mercado. “Ahora está orgullosa de mí”, dice. La visión de su padre también cambió: comenzó a contarles a otros que su hija sabía leer, un giro discreto pero significativo que animó a otras familias de la comunidad a escolarizar a sus hijas.
Hoy, Hajara habla con confianza sobre el futuro. Quiere ser maestra, no solo para dar clases, sino para llegar a las niñas que creen que su vida ya está decidida. “El aprendizaje es poder”, dice. “Nadie puede arrebatártelo”.


