Cómo las familias de Bangladés están frenando el matrimonio infantil

En el norte de Bangladés, un movimiento silencioso pero poderoso está desafiando tradiciones muy arraigadas como el matrimonio infantil que se ha perpetuado durante generaciones. Ahora, cada vez son más los padres y madres que empiezan a alzar la voz. No llevan pancartas ni eslóganes políticos, sino determinación, educación y la convicción de que sus hijas merecen algo más. 

Aleynur lo sabe bien. Tiene 39 años, pero la casaron cuando cursaba noveno. “Nadie me preguntó qué quería. Yo soñaba con seguir estudiando, pero mi opinión no contaba para nadie”, recuerda en voz baja. Hoy habla del pasado sin rencor, aunque con las ideas muy claras. “Las cosas han cambiado. No quiero para mi hija lo que me tocó vivir a mí”. 

Vive en Kurigram, y los primeros años de su matrimonio fueron durísimos. Su marido se ganaba la vida como jornalero y había temporadas enteras en las que no sabían si podrían llevarse algo a la boca. “Cuando estás intentando sobrevivir, los sueños te quedan muy lejos”, resume. 

Durante mucho tiempo arrastró el peso de aquel matrimonio temprano: pobreza, estudios truncados, ninguna oportunidad a la vista. Hasta que llegó el proyecto Child, Not Bride (Una niña, no una novia). Se apuntó, recibió formación y una pequeña ayuda económica para poner en marcha un negocio ganadero. “Compré cabras y gallinas. Me moría de miedo, pero me dije: ‘O lo intentas ahora, o no lo intentas nunca'”, afirma. 

Empezó vendiendo huevos para poder pagar los estudios de su hija de 15 años, Sumaiya. “Cada huevo que vendía era un paso más hacia su futuro”, explica. Con lo que ganaba fue vendiendo cabras, reinvirtiendo los beneficios y, poco a poco, arrendó un terreno. “Ahora plantamos arroz y verduras. Eso nos da estabilidad y, sobre todo, esperanza”. 

Está firmemente decidida a que Sumaiya siga en la escuela y no se case pronto. “Yo sé lo que duele que te arrebaten los sueños de un día para otro”, dice. “Por eso quiero que mi hija llegue a ser enfermera. Haré lo que haga falta para que lo consiga.” 

Ahora anima a otras mujeres de su entorno a no repetir el patrón. “Tenemos que escribirles otra historia a nuestras hijas”, asegura. “Si las acompañamos, pueden llegar mucho más lejos de lo que llegamos nosotras.” 

La misma determinación late en Ramdarash, padre de tres. Él también decidió que sus hijas tendrían las oportunidades que a él le negaron. “A muchas niñas de por aquí las casan en cuanto acaban primaria. Yo tengo claro que la educación es lo que les da dignidad e independencia, y por eso mis hijas no iban a dejar de estudiar”, afirma. 

Ramdarash vive de la pesca. Su día a día lo marca el río de Kurigram. “Salgo de noche a pescar y por la mañana vendo lo que he conseguido para sacar adelante a mi familia. Aquí nada es seguro: las inundaciones, la erosión, los desastres naturales… Todo condiciona nuestro trabajo. En un contexto así la gente acaba pensando solo en sobrevivir, y temas como la educación o el matrimonio infantil se comentan, pero no se abordan de verdad.” 

Él sí decidió abordarlos. Su hija mayor está ya estudiando el equivalente al bachillerato, y la pequeña y su hijo siguen en el colegio. “Cuando alguien me cuestionaba, yo contestaba siempre lo mismo: ‘Mis hijas merecen exactamente las mismas oportunidades que mi hijo’.” 

Ese gesto no pasó desapercibido. El proyecto Child, Not Bride lo distinguió como “Padre Campeón” y, desde entonces, lidera conversaciones que antes nadie se atrevía a plantear. A la sombra de un árbol, sentado con otros hombres del pueblo o a la orilla del río, habla sin rodeos de los riesgos del matrimonio infantil y de lo que las niñas se juegan cuando se las casa demasiado pronto. 

“Que me reconozcan como Padre Campeón me ha dado fuerzas”, cuenta. “Organizo encuentros con otros padres en los que nos sentamos a hablar de verdad sobre los peligros del matrimonio precoz y sobre cómo cuidar mejor de nuestros hijos e hijas. Muchas veces, el cambio empieza con una simple conversación.” 

Y los hombres de su comunidad han empezado a escucharle. Juntos han conseguido parar varios matrimonios infantiles y convencer a algunas familias para que enviaran a sus hijas al colegio. “Al principio me miraban raro, pero ahora vienen a preguntarme qué opino”, comenta. “Y eso me da muchísima esperanza.” 

El impacto se nota. Ramdarash se ha convertido en un referente para otros padres de la zona, demostrando con hechos que las tradiciones dañinas se pueden romper y que es posible construir un futuro distinto, sobre todo para las niñas. 

“Cada vez que me llega el rumor de que se está preparando un matrimonio infantil, no puedo quedarme callado”, afirma. “Hablo con los líderes locales, con los representantes de la unión, con quien haga falta, hasta conseguir pararlo. Ya hemos evitado tres, y ver a esas niñas volver al colegio me confirma que el cambio es posible.” 

Para él, la motivación es muy sencilla: “Todos deberíamos aportar algo bueno a la sociedad que nos rodea. Si creamos un entorno que los proteja, nuestros hijos e hijas podrán crecer sin barreras. Yo quiero que la próxima generación tenga un futuro más luminoso del que tuvimos nosotros”, concluye. 

Historias como las de Aleynur y Ramdarash demuestran que el matrimonio infantil en Bangladés no es inevitable. Cuando las familias apuestan por la educación y los derechos de las niñas, el cambio empieza a hacerse realidad.