Guerras visibles, cicatrices invisibles 

Cuidar de las mentes jóvenes debe ser una prioridad en la guerra 

Por Unni Krishnandirector global de Acción Humanitaria de Plan International. 

“Cada noche nos preguntamos si nos despertaremos mañana.” 

Nunca olvidaré las palabras de Abdul*, un chico de 16 años en la ciudad de Mazar-e-Sharif (Afganistán), devastada por la guerra hace varios años. 

Hoy, ese sentimiento resuena en cientos de miles de niños y niñas en Irán y en todo Oriente Medio. Niños, niñas y familias en toda la región viven ahora bajo la sombra constante de la ansiedad, el miedo y la incertidumbre. 

Esto es lo que realmente significa la guerra. No se trata de las estrategias elaboradas por generales en salas lejanas. Es la simple y aterradora pregunta que la infancia lleva consigo cada noche: ¿habrá un mañana? 

Las guerras son visibles, pero sus cicatrices no lo son 

Cuando pensamos en el conflicto, imaginamos campos de batalla, edificios destrozados y derramamiento de sangre. Sin embargo, el impacto más profundo suele estar mucho más allá de las líneas del frente: en las mentes de los niños y niñas y las comunidades, e incluso en quienes presencian el sufrimiento desde lejos. 

Una verdad que he aprendido trabajando con la infancia en zonas de guerra es que a todo el mundo le afecta la guerra, pero no de la misma manera. La infancia y las mujeres la sufren de forma agravada. 

Los campos de batalla no son los únicos lugares donde se libran las guerras. A menudo, la mayor convulsión se desarrolla en silencio, en las cabezas de esos niños y niñas que están padeciendo las consecuencias de una guerra que no han pedido. 

Cómo afecta la guerra a la salud mental de los niños y niñas 

En un centro de recepción temporal en la frontera entre Ucrania y Rumanía durante los primeros días de la guerra en Ucrania, conocí a Anna*, una niña refugiada ucraniana de siete años. Su madre me contó que Anna había dejado de hablar después de presenciar explosiones en Odesa, su ciudad natal. 

El silencio de un niño o una niña puede reflejar un trauma profundo. 

La guerra puede comenzar en los campos de batalla, pero sus efectos más profundos llegan mucho más lejos: a las aulas, los hogares y los recuerdos. 

En otra ocasión, durante una misión humanitaria en Adré, la ciudad fronteriza entre Chad y Sudán, conocí a niños y niñas refugiados sudaneses agotados, hambrientos y deshidratados. Habían pasado meses huyendo de zonas bombardeadas, sin saber si sus familias sobrevivirían. Ellos también se preguntaban si vivirían para ver otro día. Para los niños que viven dentro de zonas de guerra, la experiencia traumática es incesante. Un grupo de niños y niñas en Gaza me dijo una vez que el zumbido constante de los drones era la principal razón por la que no podían dormir. En Siria, los bombardeos los mantuvieron despiertos durante la noche durante meses. El sueño, la seguridad y la rutina desaparecen poco a poco. 

Algunas de las heridas más profundas las cargan las niñas y las mujeres. Durante una misión humanitaria en la República Democrática del Congo, varias niñas y mujeres me hablaron del devastador impacto de la violación y la violencia sexual utilizadas como arma de guerra. La pequeña cooperativa de mujeres que habían formado ayudaba a restaurar la confianza y la dignidad, dos elementos esenciales para la recuperación emocional. El Manual Esfera, la guía de referencia para todo trabajador humanitario, sitúa la dignidad como un pilar fundamental de la ayuda de emergencia. 

Las cicatrices psicológicas de la guerra suelen aparecer años después. Jóvenes que conocí en Ruanda dijeron haber presenciado formas extremas de violencia cuando eran niños y niñas. Durante años creyeron haberlo olvidado. Pero en la adolescencia, los recuerdos reaparecieron a través de conversaciones en sus comunidades. 

En Afganistán, que en su día fue uno de los países más minados del mundo, muchos han perdido extremidades. Para estas personas, el miedo a la guerra tenía otra capa de terror. Cuando comienzan los bombardeos, saben que no pueden correr tan rápido como los demás. 

Aun así, estos niños y niñas fueron algunos de los más inspiradores que he conocido en mi vida: incluso formaron un equipo local de fútbol de supervivientes de minas antipersona. Algunos de ellos me enseñaron a volar cometas y me explicaron el espíritu que hay detrás: se elevan contra el viento. 

Cuidar la mente debe comenzar desde el primer día. Si no se atiende, el trauma infantil en la guerra no desaparece: moldea vidas, comunidades y las perspectivas de paz. 

Los parques infantiles, las escuelas, el aprendizaje, el arte, el teatro y las actividades recreativas son claves para la recuperación. 

La carga de escuchar sobre la guerra 

En el mundo interconectado de hoy, el impacto psicológico de la guerra viaja aún más lejos, más allá de los campos de batalla, a través de teléfonos, redes sociales y ciclos constantes de noticias. Imágenes de bombardeos, niños y niñas heridos y familias en duelo llegan a millones de pantallas en cuestión de segundos. Un conflicto a miles de kilómetros de distancia de repente se siente personal. Alguien conoce a alguien que vive allí. O simplemente las impactantes imágenes quedan grabadas en nuestra mente. 

Para muchos y muchas jóvenes, esta exposición despierta un poderoso sentido de injusticia. En todo el mundo los hemos visto protestar, organizarse y alzar la voz por la paz. Los y las jóvenes se movilizan rápidamente cuando perciben injusticia. Pero cuando se sienten impotentes para detener la violencia, esa impotencia puede convertirse lentamente en ansiedad, ira o agotamiento emocional. 

Luego están quienes cargan con el peso de escuchar. Trabajadores humanitarios, docentes, cooperantes, periodistas y fotógrafos a menudo absorben el peso emocional de las historias que escuchan de los supervivientes. Puede que no estén en el campo de batalla, pero se enfrentan a la guerra a través de testimonios de pérdida, miedo y supervivencia. 

Un ejemplo impactante que se suele citar es la historia del fotoperiodista Kevin Carter. En 1993 capturó la ya famosa imagen de un buitre acechando a un niño hambriento durante la hambruna en Sudán. La fotografía conmocionó al mundo y atrajo la atención global hacia la crisis. Pero también generó intensas críticas sobre si debería haber ayudado al niño en lugar de documentar el momento. El peso de presenciar el sufrimiento, junto con el escrutinio público, tuvo un profundo impacto en su salud mental. Finalmente, acabó suicidándose. 

La guerra puede desaparecer de los titulares, pero su eco emocional permanece: en los supervivientes, en los testigos y en quienes escuchan. 

Poner fin a la guerra es el primer paso hacia la sanación. Hasta entonces, el trabajo silencioso de escuchar con compasión sigue siendo una de las formas más importantes de cuidado. Escuchar y ofrecer primeros auxilios psicosociales son los puntos de partida. Ampliar la asistencia humanitaria es clave para atender a los heridos y aliviar el sufrimiento. 

Cuidar a quienes cuidan 

No debemos olvidar a quienes intentan ayudar. Son seres humanos ante todo. 

Durante los primeros meses de la crisis de refugiados rohinyás en Bangladés, muchos trabajadores humanitarios hablaron del impacto abrumador que supone escuchar innumerables historias de pérdida y brutalidad en tan poco tiempo. Escuchar tanto sufrimiento deja sus propias heridas: lo que los psicólogos llaman trauma vicario:, el coste emocional de presenciar el sufrimiento ajeno. Algunas historias afectan profundamente a quienes las escuchan, que se ven impactados de forma similar a si las hubieran vivido en primera persona. 

Los trabajadores humanitarios operan bajo una presión inmensa: responden a crisis, cumplen con exigencias de informes y cargan con el peso emocional de las comunidades a las que sirven. Sin embargo, detrás de cada trabajador humanitario o gestor de proyectos hay una persona común viviendo bajo un estrés extraordinario. 

Al mismo tiempo, el personal local de primera línea son los más valientes. Se quedan cuando otros evacúan. Atienden a sus propios vecinos mientras afrontan el mismo miedo e incertidumbre. 

Apoyarlos es esencial para proteger nuestra humanidad compartida. A menudo, la respuesta más humana es la empatía: reconocer su valentía y sus límites, aliviar las presiones cuando sea posible y asegurarse de que también reciben cuidados. 

Las guerras visibles pueden dominar los titulares, pero son las cicatrices invisibles las que duran más. Y reconocer esas cicatrices es el primer paso para sanarlas, junto con esfuerzos reales para poner fin a las guerras. 

*Todos los nombres han sido cambiados para proteger las identidades.