Volver a clase tras ser madre de mellizos: la historia de Nalongo

El calor del mediodía cae con fuerza sobre Kamuli, en el oeste de Uganda. En el patio de arena roja, las gallinas picotean el suelo y un perro negro dormita perezosamente a la sombra. Nalongo* está sentada sobre una estera de juncos, bajo la sombra de un árbol, dando el pecho a su hija de un año. Poco después, su hermano gemelo se arrastra hasta los brazos de su madre. Con el calor abrasador de primera hora de la tarde, el niño se duerme rápidamente.

Si la vida de Nalongo, de 17 años, hubiera seguido el rumbo que ella imaginaba, en ese momento estaría haciendo sus deberes. Desde que comenzó su educación a los cuatro años, a Nalongo siempre le ha encantado ir al colegio. Recuerda el orgullo que sintió al estrenar su primer uniforme escolar verde. Pero, como les ocurre a muchas niñas en Uganda, Nalongo se enamoró de un chico de su pueblo, y mantuvieron relaciones sexuales sin ningún conocimiento fiable sobre salud sexual y reproductiva, ni en concreto sobre métodos anticonceptivos.

“En casa o en el colegio, apenas se hablaba de estos temas. Había oído hablar de la planificación familiar y tenía pensado acercarme al centro de salud, pero mis amigas me asustaron diciéndome que si empezaba a usar anticonceptivos me dañaría los ovarios y nunca podría tener hijos e hijas”, cuenta Nalongo.

Cuando Nalongo empezó a sentir debilidad y náuseas, Akello*, su madre, intuyó lo que estaba pasando. Por ello, la llevó a un centro de salud que ofrecía pruebas de embarazo gratuitas, y allí confirmaron que estaba embarazada de cuatro meses.

“Fue un golpe terrible. Nunca imaginé que sería madre adolescente”, dice Nalongo. La noticia también sacudió a su madre. “Quería una vida completamente distinta para mi hija. Pero ahora me he adaptado y soy una orgullosa abuela de mellizos”, afirma.

 

El peso de las normas sociales

El embarazo significó un cambio de vida inmediato. Con solo 16 años, Nalongo se tuvo que enfrentar a la presión del matrimonio temprano.

En Kamuli, como en muchas otras comunidades, el embarazo de una adolescente conduce casi siempre a que la familia case a la chica con el padre del bebé. En las comunidades tradicionales, la soltería de una madre joven se considera inapropiada. Incluso un gran porcentaje de niñas acaba pasando por matrimonios infantiles aún sin ser madres, a menudo por razones económicas.

En Uganda, el 34 % de las niñas se casa antes de los 18 años y el 7 % antes de los 15. El embarazo precoz suele precipitar el matrimonio infantil, y el país registra una de las tasas más elevadas de embarazo adolescente del mundo. Aproximadamente una de cada cuatro niñas de entre 15 y 19 años ha dado a luz antes de cumplir los 18.

Cuando Nalongo le contó a su novio que estaba embarazada, él no quiso saber nada del bebé. Desde entonces, el chico no ha respondido a ninguno de los mensajes de Nalongo. Akello también intentó, sin éxito, hablar con la familia del joven.

La reacción del padre de Nalongo fue aún más dura. Este hombre polígamo vive ahora con su segunda esposa, pero cuando se enteró del embarazo de su hija, acusó a Nalongo y a Akello de manchar el honor de la familia. Ambas fueron expulsadas violentamente del hogar y pasaron la noche a la intemperie antes de atreverse a regresar.

“Mi matrimonio no ha conocido un día feliz desde entonces. Si le pido dinero a mi marido para sostener a la familia, solo consigo que se enfade”, dice Akello.

Una historia que se repite

La historia de Akello es un eco de la de su hija. No se casó por amor, sino por necesidad. Su infancia estuvo marcada por la guerra civil ugandesa, que desgarró el país en la década de 1980. La guerra civil se cobró la vida de hasta medio millón de ugandeses, y la administración y el sistema educativo del país permanecieron en declive durante mucho tiempo tras décadas de convulsión.

“Mis padres no podían cuidarme y me pusieron bajo la tutela de unos familiares, que me trataban con frialdad”, cuenta Akello. Solo pudo asistir a la escuela del pueblo durante dos años, y la calidad de la enseñanza era tan precaria que nunca aprendió a leer ni a contar. Al salir de la escuela, la pusieron a trabajar en el campo y se esperaba de ella que hiciera todas las tareas del hogar. “Ni siquiera sé escribir mi nombre. Es una gran tristeza para mí. Quiero asegurarme de que mis hijos e hijas tengan educación”.

Cuando Akello tenía 16 años, un desconocido de 30 se presentó para pedirle matrimonio. Ella aceptó con la esperanza de mejorar su calidad de vida. Pronto se quedó embarazada y, a lo largo de los años siguientes, tuvo un total de 11 hijos e hijas, de los cuales Nalongo es la quinta.

Aunque el dinero siempre ha escaseado, Akello mantiene una relación cálida con cada uno de sus hijos e hijas. “Hay padres que echan a su hija de casa cuando se queda embarazada. Para mí, eso nunca fue una opción. Me enorgullece poder ayudar a mi hija”.

 

Sobrevivir con lo justo

En la pequeña cocina de barro, el humo se eleva mientras Akello prepara matoke, o plátano macho, un alimento básico en Uganda. Hoy solo hay suficiente para los más pequeños. El resto de la familia come una vez al día. Esta tarde, mijo y posho, unas densas gachas de harina de maíz. Debido al cambio climático, la estación de lluvias se retrasa con frecuencia, y esta familia numerosa, que vive de la tierra, subsiste con menos alimento del necesario.

Aunque Nalongo está débilitada, ha podido amamantar a sus hijos siguiendo gracias al apoyo que ha recibido en el centro de salud local; fundamental durante el embarazo y tras el parto de los gemelos.

 

La importancia del apoyo incondicional

“Tras conocer la noticia de mi embarazo, abandoné el colegio porque me avergonzaba. Me quedé encerrada en casa sin ver a nadie. Pero entonces una amiga vino a visitarme. Ella me animó a buscar ayuda en la clínica de maternidad y a no renunciar a mis derechos ni a mis sueños”, recuerda Nalongo.

De hecho, la amiga de Nalongo participaba en actividades impulsadas por Plan International. En Kamuli, la organización apoya a las madres jóvenes y trabaja para prevenir los embarazos adolescentes y los matrimonios infantiles. La formación de jóvenes activistas, tutores y trabajadores de centros de salud desempeña un papel clave, ya que el cambio sostenible requiere información veraz sobre salud sexual y reproductiva, así como cuestionar las normas sociales dañinas.

Armándose de valor para acudir a la clínica, Nalongo comprobó que allí nadie la juzgaba. Al contrario, las matronas le proporcionaron una gran cantidad de información sobre el embarazo y el cuidado del bebé. Cuando una ecografía reveló que esperaba gemelos, Nalongo fue derivada al Hospital Central de Kamuli para una cesárea. “El trato fue bueno, pero el parto me daba tanto miedo que lloré durante todo el día”, reconoce.

La joven madre lamenta no haber podido seguir todas las indicaciones recibidas en la clínica de maternidad y salud infantil. “Mis hijos enferman a menudo porque no beben suficiente ni tienen una dieta variada. No tienen ropa adecuada. Ni siquiera puedo mantenerlos suficientemente limpios porque no siempre podemos permitirnos comprar jabón”, dice Nalongo.

 

De vuelta a las clases

La cortina que cubre la entrada de la choza de barro se abre de golpe. Nalongo aparece con una reluciente camisa blanca y una falda de tubo azul marino. Es la hora de ir al colegio. “Por un momento, creí que el colegio había terminado para mí. Recuperé las fuerzas cuando los y las activistas de Plan International, las enfermeras de la clínica de maternidad y mi madre me animaron a seguir”, dice Nalongo sonriendo.

Cuando los gemelos cumplieron siete meses, Nalongo regresó al instituto. El trayecto a pie hasta el colegio dura una hora y media en cada sentido, por un camino de tierra que serpentea entre campos de caña de azúcar y plantaciones de plátano. Los zapatos con cordones rotos le rozan los pies, y el estómago a menudo empieza a dolerle porque los músculos abdominales se le contraen con facilidad tras la cesárea.

El acoso sexual e incluso la violación de niñas es un problema frecuente en los largos trayectos escolares de la Uganda rural. Por ahora, Nalongo lo ha evitado, pero cuando llega al aula no han terminado las dificultades: “Mis compañeras se burlan de mí porque tengo hijos y mi uniforme escolar no es el correcto. Mi vestido lo compré en un mercado de ropa de segunda mano y no en la tienda del colegio, así que llama la atención. Ojalá pudiera tener el mismo uniforme que todas las demás”.

Sin embargo, ha decidido no dejar que los que se meten con ella ganen. Su objetivo es ambicioso: Nalongo quiere ser enfermera. “Quiero ayudar a otras niñas que se quedan embarazadas sin planearlo”, explica.

Akello cuida de sus nietos mientras ella está en clase. Los hermanos de Nalongo que aún viven en casa también ayudan con el cuidado de los niños y las tareas del campo. “Así es como puedo ayudar a Nalongo a alcanzar su sueño. Espero que todos mis hijos e hijas se conviertan en enfermeras y policías. Así podrán mantener a sus familias y cuidar de mí cuando empiece a envejecer y enfermar. No sé qué me pasa, pero he perdido peso y me siento cada vez más débil”, dice.

Nalongo ya ha pensado en el futuro de sus gemelos: “Quiero que sean muy inteligentes. ¡Al menos uno de ellos podría llegar a ser diputado!”

Escribiendo con atención en su cuaderno de biología, Nalongo inclina la cabeza cada vez más sobre el pupitre. Las clases han terminado, pero ella quiere acabar los deberes en el colegio antes de emprender el camino a casa. “En cuanto llegue, los gemelos querrán estar en mis brazos y tengo que liberar a mi madre para que pueda ir a trabajar. En casa, no puedo hacer los deberes”, explica.

Los días de colegio en Uganda son largos. Las clases empiezan a las ocho de la mañana y se prolongan hasta las cinco de la tarde, y el colegio de Nalongo no sirve almuerzo. Sin embargo, este centro es una excepción: anima a las madres jóvenes a continuar con sus estudios. Muchos colegios expulsan a las alumnas que se han quedado embarazadas por considerar que son un mal ejemplo para las demás niñas.

La profesora de matemáticas, Mariam Musasizi, se acerca a saludar a Nalongo. “Es una buena alumna y tiene una gran determinación. Le va mejor que a muchos que no tienen hijos e hijas”, dice la profesora.

Además de la cuestión del uniforme, los días de colegio de Nalongo están ensombrecidos por otra preocupación: su familia no ha podido pagar todas las tasas escolares. Por ahora, el colegio le ha permitido seguir asistiendo a clase. A cambio, ella da lo mejor de sí misma cada día. Esa, dice, es la única manera de poder entrar en la escuela de enfermería.

La luz ocre del atardecer se cuela por las ventanas sin cristales del aula vacía. La profesora ha escrito unas pautas morales en la pizarra, pero aún queda espacio en blanco junto a ellas. Nalongo coge un trozo de tiza y escribe con letra cuidadosa una frase de su propia elección: “Tengo dos hijos en casa y los quiero muchísimo”.

Los nombres han sido cambiados para proteger las identidades. El título Nalongo se da tradicionalmente a las madres de gemelos.