En Guinea, el acceso a los servicios financieros sigue siendo un privilegio, especialmente para las mujeres de las zonas rurales. Sin avales ni historial bancario, muchas terminan recurriendo a prestamistas informales que les cobran intereses abusivos. Frente a esa realidad, en N’Zérékoré gana fuerza una alternativa: los Grupos de Ahorro y Crédito, asociaciones comunitarias en las que las propias vecinas reúnen sus ahorros, se prestan entre ellas y gestionan el dinero de forma colectiva, con transparencia y control compartido.
Para entender cómo funcionan, basta con acercarse a uno de sus encuentros. Los sábados por la mañana, en un barrio de N’Zérékoré, en el sur del país, el ritmo de la ciudad se ralentiza bajo un gran cobertizo construido por las propias vecinas. Mujeres con cuadernos bajo el brazo van llegando una tras otra. Intercambian cifras, anotan ahorros, hablan de préstamos. Lo que ocurre bajo ese techo va mucho más allá del dinero. Tiene que ver con seguridad, con dignidad y, sobre todo, con la posibilidad de decidir sobre el propio futuro.
En el centro de ese movimiento están Fatoumata y su marido, Keoulen, una pareja cuyo trabajo discreto ha terminado tocando impactando la vida de cientos de mujeres. Todo arrancó en 2015, cuando Keoulen participó en una formación sobre el enfoque de los Grupos de Ahorro y Crédito (GAC). Esto le inspiró a crear su primer grupo, compuesto por 30 personas, entre ellas la propia Fatoumata.
“Mi marido me formó en 2016”, recuerda ella. “Al principio simplemente participaba. Pero muy pronto comprendí que era mucho más que una actividad: era una solución”. El primer ciclo de ahorro fue decisivo. Cuando las integrantes recibieron sus ahorros redistribuidos, los resultados se vieron de inmediato y el modelo corrió de boca en boca. Hoy son once los grupos que operan bajo un mismo nombre, “Allahwama”, que significa “Dios está con nosotras”.
A medida que crecía la iniciativa, la pareja se repartió el trabajo. Fatoumata se ocupa de los grupos urbanos; Keoulen, de extender el enfoque a las zonas rurales. Entre ambos acompañan hoy actividades de ahorro y crédito en 26 aldeas.
Una alternativa frente a los prestamistas
Antes de los grupos, la mayoría de estas mujeres dependía de prestamistas informales que les cobraban intereses elevadísimos. La presión era a menudo insoportable. Algunas terminaban huyendo de sus acreedores. Otras abandonaban su comunidad y, en los casos más extremos, también el país, intentando escapar de unas deudas que crecían sin freno.
El modelo de ahorro colectivo abrió otra puerta. Con sistemas internos autogestionados con transparencia, las mujeres empezaron a financiar sus propias actividades (pequeño comercio, huertas, construcción), a pagar la matrícula escolar de sus hijos y a cubrir gastos médicos sin recurrir a préstamos externos. Una de las integrantes resume el cambio en una sola frase: “Antes éramos víctimas. Hoy tenemos el control”.
Lo que empezó como formación, hoy sostiene a 26 aldeas
Las cifras dan la medida del crecimiento. En 2025, los once grupos llegaron a ahorrar más de tres mil millones de francos guineanos, unos 235.000 dólares. Para 2026 se prevé que la cifra se acerque a los cuatro mil millones. En paralelo, han ido abriendo cuentas bancarias con firmas múltiples y sistemas transparentes que garantizan la rendición de cuentas.
Pero el impacto va más allá del dinero. Se nota en mujeres que toman decisiones por sí mismas, en hogares más estables, en comunidades que se sostienen entre sí. La influencia de la pareja no ha pasado inadvertida. A Keoulen le han ofrecido cargos políticos locales, incluida la alcaldía de Soulouta. Los ha rechazado. “Lo más importante para nosotros es seguir sirviendo”, dice.
Cuando el proyecto original, apoyado por Plan International junto a la ONG local GACCoBO, llegó a su fin, Fatoumata y Keoulen decidieron continuar. Sin salario, con apenas alguna ayuda puntual para gastos de transporte, han seguido formando, asesorando y acompañando a nuevos grupos. “Hacemos esto porque creemos en lo que vemos. El impacto es real”, sentencia.
Fatoumata y Keoulen han ayudado a cientos de mujeres a recuperar el control sobre sus vidas. Y, sin buscarlo, han hecho mucho más: han tejido comunidad y han demostrado que el cambio, cuando arranca y se mantiene desde dentro, se vuelve sostenible.


