Sin ciudadanía no podía emprender: la historia de Ranju en Nepal

En Nepal, alrededor del 38 % de las personas de entre 15 y 24 años está sin empleo. Además, miles de adolescentes y jóvenes no pueden acceder a derechos básicos como estudiar, abrir un negocio o solicitar ayudas públicas porque no tienen certificado de ciudadanía. Esta situación afecta especialmente a las jóvenes de zonas rurales, donde todavía persisten prácticas discriminatorias que limitan su autonomía y su futuro.  

Ranju, de 21 años, lo descubrió cuando intentó acceder a una formación en emprendimiento juvenil en el distrito de Dhanusha, en la provincia de Madhesh. 

 

Crecer entre la pobreza y la pérdida

Ranju y su hermano mayor crecieron en una choza de bambú y chapa de dos habitaciones. Sus padres sacaban adelante a la familia cultivando arroz y trigo en una pequeña parcela cercana, pero el día a día era una lucha constante. Comer dos veces al día no siempre era posible, y Ranju aún recuerda con claridad las noches en las que se iban a dormir con hambre. 

Cuando su hermano mayor emigró a un país del Golfo en busca de oportunidades, la familia respiró por primera vez en años. Esa esperanza, sin embargo, se rompió de golpe con su muerte. A partir de entonces, todas las miradas se posaron en Ranju, sobre la que cayó la responsabilidad de traer ingresos al hogar familiar. Había estudiado hasta 11º curso en una escuela pública local, pero no tenía claro qué hacer a continuación. 

En las comunidades rurales de Madhesh persiste una práctica que afecta directamente al futuro de las adolescentes: a las hijas solteras no se les concede el certificado de ciudadanía, una forma de impedir que hereden. Para muchas niñas, esta exclusión es invisible hasta que se topan con ella: sin ciudadanía no se puede acceder a una formación oficial, abrir un negocio, firmar un contrato o solicitar una ayuda pública. 

Ranju lo descubrió cuando se presentó al proceso de selección del proyecto Empleo Juvenil y Desarrollo del Emprendimiento (YEED), una iniciativa de Plan International que acompaña a jóvenes en situación de vulnerabilidad, en especial niñas y miembros de grupos minoritarios, para que puedan construir un futuro propio.  

Tras escuchar un anuncio del gobierno local que ofrecía formación gratuita y ayuda económica a jóvenes interesados en el empleo o el emprendimiento, decidió postularse. El ayuntamiento la convocó a una entrevista y allí le pidieron su certificado de ciudadanía. A sus 21 años, no lo tenía. Tampoco lo tenía ninguna otra chica de su comunidad. “Siempre lo había considerado algo normal”, reconoce. 

El personal del proyecto desempeñó entonces un papel clave: convenció a sus padres para iniciar los trámites y acompañó el proceso ante las autoridades. Solo cuando Ranju obtuvo por fin su ciudadanía pudo confirmarse su entrada en el programa de formación. 

 

La formación en emprendimiento que ayudó a Ranju  

Ahora y desde hace seis meses regenta una pequeña tienda de comestibles en una cabaña de madera junto a su casa, en el distrito de Dhanusha, en la provincia de Madhesh. Vista desde fuera, la tienda puede parecer modesta, pero para ella y su familia es motivo de orgullo. “La tienda va bien ahora mismo. Como es una zona cálida, lo que mejor se vende son las bebidas frías. Después, son populares productos como las lentejas, el arroz y el azúcar”, cuenta. 

La primera parada fue un curso de habilidades para la vida de cinco días. “En la formación aprendí a fijarme metas. Mi objetivo es convertirme en una emprendedora de éxito”, afirma. Después llegó un curso de emprendimiento, también de cinco días, en el que aprendió a detectar oportunidades de negocio, a manejar conceptos financieros básicos, a moverse en lo digital y a elaborar un plan de negocio. Comprendió que incluso una pequeña iniciativa, con una inversión mínima, podía servir para sacar adelante a su familia. 

El camino, sin embargo, no fue fácil. En las zonas rurales de Madhesh sigue considerándose socialmente inaceptable que las adolescentes y las mujeres salgan de casa solas. Cada día que viajaba a Janakpur para asistir a la formación, Ranju se enfrentaba a las críticas de su comunidad. Algunos llegaron a poner en duda su reputación. Pero ella se mantuvo firme, convencida de que iba por el buen camino. El apoyo incondicional de su familia fue un gran empujón decisivo. 

 

De una idea local a un negocio que funciona 

Si algo se le quedó grabado de la formación fue una idea sencilla: un buen negocio empieza por mirar alrededor y detectar qué le falta a la comunidad. En su pueblo, esa respuesta era evidente. No había ninguna tienda de comestibles cerca y los vecinos tenían que recorrer largas distancias para comprar lo más básico. “Antes de esta formación, había aprendido técnicas de estética y tenía pensado abrir un salón de belleza, pero después mi perspectiva cambió y decidí poner en marcha una tienda de comestibles en su lugar”, explica. 

Para arrancar contó con 58.000 rupias nepalíes que el proyecto le entregó entre dinero en efectivo y vales para comprar suministros. A esa cantidad sumó otras 50.000 que reunió ella misma para levantar el local y completar el stock inicial. A partir de ahí, los resultados llegaron antes de lo previsto: hoy obtiene unos 25.000 NPR de beneficio al mes, de los que reserva 5.000 para los gastos del hogar, otros 5.000 para el ahorro y el resto los devuelve al propio negocio, donde lleva un registro meticuloso de cada artículo que entra y sale. 

Pero quizá lo más valioso que se llevó de la formación no fueron las cuentas, sino la forma de mirar el negocio. Aprendió a escuchar a sus clientes, a planificar y a entender que la cercanía y el buen trato no son un detalle, sino parte del producto. Por eso atiende cada visita con calidez. Esa actitud, asegura, también vende. 

 

 Cómo el emprendimiento está cambiando la percepción sobre las jóvenes 

Las mismas personas que criticaban a Ranju por desplazarse a Janakpur o por emprender han cambiado de discurso. Ahora dicen que sus hijas deberían ser como yo. Escuchar esto me hace muy feliz”. Hoy es un referente para muchas familias de su comunidad, que empiezan a ver en sus hijas a posibles emprendedoras. 

Su padre lo resume con sencillez: “Después de que mi hijo falleciera, perdimos toda esperanza. Pero cuando Plan International puso en marcha este proyecto en nuestro municipio y Ranju se unió al programa de formación, nuestra esperanza renació. Su negocio va bien y estamos muy contentos”. 

Poco antes de incorporarse al proyecto, Ranju se casó. Su marido trabaja en el extranjero y ella vive con sus padres, con el compromiso de cuidarlos en el futuro. Una decisión que tanto su marido como sus suegros respaldan. Sueña con construirles algún día una pequeña casa propia. Y sueña, sobre todo, con seguir creciendo: “Mi plan ahora es ampliar la tienda y, con el tiempo, convertirla en la mayor tienda mayorista de esta región”. 

Historias como la de Ranju recuerdan que el reto va más allá de las cifras de desempleo. Para que las jóvenes puedan emprender, antes deben poder existir formalmente: tener un certificado de ciudadanía, salir de casa, decidir sobre su vida. Acompañarlas en ese camino es, también, acompañarlas en la conquista de sus derechos.