Desde principios de marzo, la intensificación de las hostilidades vinculadas al conflicto regional ha desencadenado desplazamientos masivos en Líbano, con más de un millón de personas actualmente desplazadas dentro del país. Los refugios colectivos operan al límite —o incluso por encima de su capacidad—, mientras que muchas escuelas han tenido que cerrar y ser reconvertidas en alojamientos de emergencia, interrumpiendo la educación de cientos de miles de niños y niñas.
En este contexto de creciente presión humanitaria, la respuesta de Plan International se centra en cubrir necesidades urgentes como alimentación, agua, higiene, alojamiento y protección, con especial atención a las mujeres, las niñas y los hogares más vulnerables. Sobre el terreno, donde la incertidumbre, el miedo y la pérdida marcan el día a día de las familias desplazadas, también emergen gestos de resiliencia que desafían la dureza de la situación.
En los refugios abarrotados donde miles de personas buscan seguridad, los niños y las niñas encuentran pequeñas formas de aferrarse a su infancia; las madres sostienen a sus familias con una fortaleza silenciosa; y los y las adolescentes siguen imaginando futuros que, aunque lejanos, aún consideran posibles.
Estas son las voces de niñas, niños, mujeres y familias cuyas vidas cambiaron de la noche a la mañana, pero cuya resiliencia resuena más fuerte que el conflicto que las rodea.
Amal: “Ojalá pudiera seguir patinando… hasta volver a casa”

Amal, de 11 años, llegó al refugio llevando algo pequeño pero profundamente significativo: sus patines. En un lugar lleno de ruido e incertidumbre, patinar le regala un momento que siente como propio. Mientras se desliza, con el aire rozándole el rostro, se siente libre, como si el peso del desplazamiento desapareciera por un instante.
Pero cuando se detiene, la realidad regresa.
“Ojalá pudiera seguir patinando… hasta volver a casa. Pero ni siquiera sé si mi casa sigue ahí.”
Sus patines ya no son solo un pasatiempo; son su vía de escape y el último fragmento de infancia que siente que aún puede controlar.
Laila: “Hazme una foto”

A Laila, de 8 años, le encantaba ir a la escuela. Cada mañana elegía su ropa favorita, normalmente su camiseta rosa, que la hacía sentirse ilusionada por el día. Pero cuando su familia huyó de su hogar, no hubo tiempo para hacer la maleta, ni siquiera para llevarse su querida camiseta.
En el refugio, todavía se pregunta si estará esperándola en casa, cuidadosamente doblada en su habitación.
Sin embargo, lo primero que llama la atención de Laila no es su pérdida, sino su sonrisa luminosa.
“Hazme una foto”, insiste, posando con orgullo. Quiere que su historia sea contada.
Hani y Youssef: amistad en la incertidumbre

Hani, de 9 años, y Youssef, de 6, se conocieron en el refugio. A pesar de la diferencia de edad, pronto se volvieron inseparables. En un espacio con poco lugar para jugar y sin nada familiar a su alrededor, los dos niños crean sus propios momentos de alegría.
Ríen, bromean y comparten historias como si se conocieran de toda la vida.
“Cuando vuelva a casa”, dice Youssef, “quiero que Hani venga conmigo.”
En medio del desplazamiento, su amistad se ha convertido en la único constante en la que pueden apoyarse.
Amani: “Quería venir a vivir a Beirut… pero no a un refugio”

Amani, de 8 años, siempre imaginó Beirut como un lugar lleno de oportunidades, un sitio donde esperaba vivir algún día. Ahora está en Beirut, pero no como lo había soñado. Vive en un refugio para personas desplazadas internas, lejos de la sensación de posibilidades que antes asociaba con la ciudad.
“Quería venir a vivir a Beirut… pero no a un refugio”, dice en voz baja.
Aun así, Amani mira hacia el futuro. Observando al equipo de Plan International trabajar a su alrededor, afirma:
“Algún día quiero crecer y ser como vosotros… y ayudar a personas como nosotras.”
Mariam y Jad: la fortaleza de una madre

Mariam, de 35 años y madre de tres hijos, carga con el peso del desplazamiento mientras cuida de su hijo menor, Jad, de 5 años, que tiene autismo. Antes de la crisis, él asistía a un centro especializado y progresaba poco a poco. Con estructura y apoyo, empezaba a adaptarse.
Cuando huyeron de su hogar, esas rutinas desaparecieron. En el refugio, Jad tiene dificultades para adaptarse a un entorno desconocido. Prefiere caminar descalzo, encontrando consuelo en lo que le resulta familiar.
Sus otros hijos preguntan por qué tuvieron que irse y cuándo volverá la normalidad. Su marido ha perdido su trabajo.
Aun así, cada vez que Mariam habla, sonríe: una fortaleza silenciosa que mantiene unida a su familia.
Karim: el árbol que se convirtió en su refugio

Karim, de 8 años, es curioso, imaginativo y siempre está explorando. En el refugio encontró un pequeño árbol que rápidamente se convirtió en “su lugar”.
Subirse a él le ofrece una perspectiva distinta, no solo del espacio, sino de las posibilidades. Desde lo alto, dice que puede “ver muchas cosas”. Cada subida se convierte en una nueva aventura en su mente.
Es su forma de transformar un entorno desconocido y abarrotado en un paisaje de juego, imaginación y libertad.
Jihan: “Mi casa es toda mi vida.”

Jihan, de 65 años, huyó de su aldea en el sur del Líbano con solo lo que podía cargar, desmayándose dos veces por el camino bajo el peso del shock y el dolor. Nunca quiso abandonar el hogar que construyó con su marido, un hogar lleno de años de esfuerzo y amor.
Pero su mayor tristeza es su jardín. Lo plantó árbol a árbol, temporada tras temporada. Era su paz, su refugio.
“Mi casa no es solo una casa… es toda mi vida. Y mi jardín… ahí está mi corazón.”


