“No me interesa el trozo de pastel, quiero cambiar la receta”

Si eres una mujer joven, la frase “las mujeres jóvenes sois el futuro de la democracia” de Audre Lorde te sonará familiar. Ya seas investigadora, activista o emprendedora, la habrás recibido como un halago. Pero según vas oyéndola más y más, al mismo tiempo que ves cómo tus propuestas no prosperan, cómo se te consulta pero no se te incluye, cómo se te aplaude pero las decisiones se toman en otro sitio, caes en la cuenta de que no es más que una forma elegante de decirte que todavía no es tu momento.  

El futuro. Siempre el futuro. 

¿Acaso aún no ha llegado nuestro momento? ¿Cuánto más debemos esperar? 

Mi nombre es Laura y el 3 de junio asistí a la V Conferencia Ministerial sobre Política Exterior Feminista en Madrid, en representación del Youth for Change de Plan International. Mujeres jóvenes como yo ya estamos liderando movimientos, poniendo agendas sobre la mesa y defendiendo derechos que sin nosotras no existirían o se perderían pronto. No somos el futuro de la democracia. Somos su presente. 

 

Concretamente fui la encargada de presentar las conclusiones del evento paralelo Revitalizar la democracia: mujeres jóvenes y movimientos feministas al frente, que reunió en la misma sala mujeres de países, realidades y urgencias muy diferentes entre sí. 

Bibiana Aído, directora regional de ONU Mujeres para las Américas y el Caribe, señaló la infrarrepresentación juvenil en las instituciones y el derecho de la juventud a disentir como parte esencial de la democracia. Lucía Candeira recordó que el 77% de los jóvenes en España siente que sus opiniones no son tenidas en cuenta por la clase política y defendió algo que conviene no olvidar: no estamos desconectadas por apatía, sino que somos el grupo que primero pierde derechos. Karishma, afgana y compañera del Youth for Change, habló de la legalización del matrimonio infantil, del acceso a la educación y de la salud mental de las jóvenes que se ven forzadas a la diáspora tras un proceso gradual de pérdida de derechos que ella misma ha vivido. Aya, de Mauritania, puso sobre la mesa que las instituciones no toman en serio a las organizaciones lideradas por mujeres jóvenes, aunque sean ellas quienes responden en primera línea a la crisis climática. Nicola Jones centró su intervención en la financiación: su presencia o ausencia determina que la participación sea real o meramente simbólica. Y Miriam Ciscar habló de la estrategia de cooperación feminista, de las violencias digitales y de los derechos sexuales y reproductivos como ejes irrenunciables. 

No es lo mismo defender derechos en Afganistán que hacerlo en España, y sería un error equipararlos. Pero hay algo que aparece en todos los relatos por encima de las diferencias, algo que las mujeres reconocemos aunque venga del otro lado del mundo: la sensación de que tu voz tendría más peso si fueras hombre y que, por más argumentos que tengas, eso no cambia. No es una experiencia individual. Es un patrón. 

¿Y cuánto tiempo llevamos ya reconociéndonos en él sin que cambie nada? 

La respuesta más cómoda es decir que las mujeres jóvenes no estamos preparadas. Pero no llegamos a estos espacios sin conocimiento, sino con diagnósticos propios y con una comprensión de la realidad que ningún informe puede replicar porque viene de haberla vivido. Ese conocimiento necesita ser avalado constantemente. Necesita una cita, un estudio, una institución que lo respalde. O, seamos honestas: necesita que haya un hombre detrás que lo firme. 

El informe Así somos, de Plan International, lo confirma: el 83% de las chicas mayores ha recibido burlas por expresar lo que piensa, y el porcentaje sube con la edad. Cuanto más participas, más violencia recibes. Más de siete de cada diez jóvenes en España siente que ningún político les representa y, si a eso le sumas ser mujer, la distancia se hace aún más evidente. 

Hay una diferencia enorme entre que te inviten a una sala y que sin tu voto la decisión no sea válida. Durante décadas hemos conseguido lo primero, pero lo segundo sigue pendiente. Nuestra participación sigue siendo, en demasiados contextos, de naturaleza consultiva: se nos invita, se nos escucha, se nos aplaude. Y las decisiones se toman en otro sitio. 

¿Cuántas veces hemos estado en esa sala sin que nuestra presencia cambiase el resultado? 

Los presupuestos no mienten. Cuando se recorta la financiación a movimientos feministas, siempre cae en el mismo orden: primero los derechos sexuales y reproductivos, luego las organizaciones de la sociedad civil que los defienden y por último los programas de igualdad. El trabajo que esas organizaciones hacían no desaparece: lo asumen las propias mujeres jóvenes, de forma voluntaria y no remunerada, en el tiempo que queda después de todo lo demás. El sistema se beneficia dos veces: del trabajo feminista y de no tener que financiarlo. Como decía Audre Lorde, “no nos interesa el trozo de pastel”. No queremos que nos den un pedazo de lo que ya existe tal como está: queremos cambiar quién decide qué se hornea, cómo se reparte y quién se queda sin nada. 

Los derechos no se pierden solos. Se pierden cuando se normaliza el retroceso, cuando se acepta la participación simbólica como suficiente, cuando se recorta y se llama ajuste técnico, cuando se excluye y se llama falta de perfil. Nombrar las cosas con precisión importa porque es lo que hace visible el mecanismo. Mientras el retroceso tenga nombres neutros, puede seguir avanzando sin que nadie tenga que defenderlo. Por eso nombrar también es actuar. Y actuar es exactamente lo que llevamos haciendo todo este tiempo, aunque no siempre se haya reconocido como tal. 

Nunca necesitamos que nos hicieran sitio. Siempre fue nuestro. Lo que pedimos es que dejen de poner obstáculos para poder ocuparlo. Lo llamamos por su nombre: recorte de derechos, exclusión política, falta de democracia. Eso también es hacer política. 

Cuando terminé mi intervención, varias de las mujeres que estaban en esa sala aplaudieron, y alguna se emocionó. Me sentí en el lugar en el que tenía que estar. Hay algo muy poderoso en sentirte comprendida por mujeres que vienen de realidades completamente distintas a la tuya, aunque sea triste que ese punto de encuentro sean precisamente las discriminaciones que todas compartimos. 

Julia López, moderadora del evento, cerró con una frase que creo que resume perfectamente lo que aún ocurre en eventos como este: ojalá la próxima vez que esta conferencia tenga lugar, haya mujeres jóvenes en todas las salas y no solo en aquella cuyo título obliga a su presencia.