Inundaciones en Ecuador: cómo las comunidades rurales se preparan para las lluvias

En Ecuador, la lluvia hace tiempo que dejó de ser solo un fenómeno meteorológico. En las zonas rurales, la precipitación decide cuántas familias podrán salir a comprar comida, cuántas escuelas seguirán abiertas y cuántas cosechas resistirán hasta el final de la estación. Y para quienes viven al día, unas pocas semanas de aislamiento pueden borrar meses de trabajo. 

Las inundaciones, los deslizamientos de tierra y los daños en infraestructuras causados por lluvias cada vez más intensas afectan cada año a comunidades enteras en Ecuador. Solo en 2025, miles de fenómenos relacionados con la lluvia dejaron a cientos de miles de personas en situación de extrema vulnerabilidad. Frente a esta realidad, el Fondo de Acción Temprana de Plan International acompaña a familias rurales en provincias como Manabí para que puedan prepararse antes de que llegue la temporada. 

Mucho antes de que amanezca sobre las colinas de Manabí, Yenny, de 33 años, ya está en pie. Prepara el desayuno para las siete personas que viven bajo su techo (su marido, sus tres hijas, su yerno y su nieta) y después abre la pequeña tienda que tiene en su propia casa, donde vende productos básicos a los vecinos. La familia vive de lo que les da la tierra: cacao, fruta y todo lo que puedan llevar a los mercados cercanos, siempre que las carreteras sigan transitables. 

En Manabí, las primeras lluvias suelen colarse casi sin avisar. Pero conforme avanza la temporada, el ruido sobre los tejados de chapa se vuelve constante. Los ríos se desbordan, los caminos de tierra se convierten en barro y, en las laderas, las montañas empiezan a moverse. 

“Durante la temporada de invierno, las cosas cambian mucho”, explica Yenny. “Las fuertes lluvias provocan deslizamientos de tierra y dañan las carreteras. Los autobuses no pueden acceder, y es difícil salir a comprar alimentos. En invierno, la vida aquí se vuelve bastante complicada”. 

 

El precio de cada temporada de lluvias 

“Debido a las lluvias, se produjo un deslizamiento de tierra donde teníamos plantado nuestro cacao”, recuerda Yenny. “Este año esperamos que no pase nada, pero ese es el temor con el que vivimos: que la tierra se deslice y se lleve por delante todos nuestros cultivos”. Cada cacaotero representa años de esfuerzo. Perderlos equivaldría a perder ingresos, comida y estabilidad de un solo golpe. 

Pero no solo los cultivos están en juego. En la comunidad de Yenny, muchas familias dependen de manantiales naturales para abastecerse de agua, y esos manantiales se enturbian en cuanto el agua empieza a arrastrar sedimentos desde la montaña. “El agua está llena de barro, ramas, hojas secas y maleza; es una mezcla de todo”, describe. Beber esa agua dispara el riesgo de enfermedades, especialmente entre los niños. Es una preocupación que comparte Lisbeth, su hija de 17 años: “Cuando llueve mucho, el agua se enturbia. Eso puede provocar infecciones, dolor de estómago y otros problemas de salud”. 

 

Cuando la prevención se vuelve parte de la vida 

Yenny y otras familias de la comunidad han aprendido a anticiparse a los riesgos en lugar de limitarse a reaccionar. A través de talleres sobre agua, saneamiento y salud impulsados por el Fondo de Acción Temprana de Plan International, pequeños gestos del día a día han empezado a cambiar. “Aprendimos que el agua de manantial puede parecer natural, pero aún así puede contener microbios”, dice Yenny. “Por eso hay que hervirla siempre, especialmente para proteger a nuestros hijos”. 

El apoyo no se ha quedado solo en la formación. Las familias han recibido depósitos para almacenar agua durante la temporada de lluvias y mosquiteras para protegerse de las enfermedades que llegan con los charcos. A esto se ha sumado una ayuda económica que, en los momentos más difíciles, les ha permitido seguir comprando pañales, leche o medicamentos sin sobresaltos. 

Poco a poco, prepararse ha dejado de ser una novedad para convertirse en parte del paisaje. Cuando el agua vuelve a bajar marrón tras una tormenta, Yenny recuerda a sus vecinos lo que aprendieron y comparte con ellos lo que hoy ya es rutina en su casa. Lo que empezó como un conocimiento individual viaja ahora de patio en patio, de madre a madre. 

Yenny sabe que las lluvias volverán. Volverán a golpear los tejados de chapa, a enturbiar el agua, a hacer temblar las laderas. Pero esta vez no llegarán a una familia desprevenida. Y en una comunidad acostumbrada a contar pérdidas después de cada temporada, eso ya lo cambia todo. “Las lluvias siempre volverán, pero ahora también sabemos que estar preparados marca la diferencia. Cuando una familia aprende algo y lo comparte con otra, toda la comunidad se fortalece y puede hacer frente a lo que venga”, sentencia.