La guerra no solo deja cicatrices visibles. También provoca heridas invisibles que afectan profundamente a la salud mental de los y las jóvenes. En Ucrania, el conflicto iniciado en febrero de 2022 sigue marcando el bienestar emocional de toda una generación. En el Día Mundial del Bienestar de los Adolescentes, es fundamental poner el foco en cómo la guerra ha transformado la manera en que la juventud ucraniana vive, siente y afronta el miedo, la culpa y la incertidumbre.
Cuatro años después, la crisis continúa moldeando el presente y el futuro de los jóvenes y las jóvenes ucranianos, especialmente de quienes cargan con un enorme peso emocional derivado del conflicto.
A los 17 años, Danylo se mudó a Polonia para estudiar y poder construir una vida estable. Aun así, cuando la guerra se intensificó un año después, esa distancia no trajo alivio. “Me desperté pronto y revisé el móvil. Vi fotos y vídeos de vehículos armados rusos cruzando la frontera ucraniana, y luego vídeos de misiles sobrevolando las calles donde crecí, en Kiev. Tras verlo, escribí a mi madre: ¿Nos han invadido? Y ella solo respondió “sí”. No sabía qué hacer”.
Mientras observaba los hechos desde lejos, la culpa se mezclaba con el miedo. “El cumpleaños de mi hermana es el 24 de febrero, pero, en lugar de disfrutar de su tarta y celebrarlo con sus amigos, tuvo que ir buscar refugio”.
Aunque no escuchó las bombas en persona, la guerra se volvió una constante. “Veía la guerra todos los días, a través de amigos, amigas y familiares, en noticias, fotos y en las personas a mi alrededor”.
Amigos con quienes antes compartía sueños, ahora sueñan con algo completamente distinto. “Muchos chicos querían ser astronautas, ingenieros o médicos”, dice en voz baja. “Pero ahora, muchos quieren ser soldados para proteger su hogar, para vengar a sus padres”.
“Durante mucho tiempo sentí culpa por no estar entre quienes se ofrecieron como voluntarios”, admite. “Mi padre me dijo que debía estar donde estoy, para ayudar a quienes más lo necesitan”.
De esta forma, se lanzó a la acción. Primero, organizó donaciones y ayudó a coordinar asistencia para familias desplazadas y hoy trabaja como responsable de protección infantil en la Fundación Unbreakable, trabajando para que niños y niñas ucranianos que viven en Polonia para que puedan matricularse en el colegio.
Aun así, incluso cuando ayudaba a otros, la carga emocional seguía acumulándose. “Te levantas, te lavas la cara e intentas seguir adelante, pero yo no podía y tuve que buscar ayuda”.
El punto de inflexión llegó cuando vio una convocatoria para jóvenes expertos participar en una investigación sobre salud mental y jóvenes afectados por la guerra. “Un día recibí un correo electrónico sobre una investigación centrada en la salud mental y los hombres jóvenes”, explica. “Buscaban jóvenes expertos, así que me puse en contacto con ellos”.
Así se unió a un grupo de jóvenes asesores que dieron forma a la investigación Heridas Invisibles de Plan International, que encuestó a más de 200 adolescentes y hombres jóvenes de entre 17 y 25 años en Ucrania, Polonia, Rumanía y Moldavia. Los resultados fueron contundentes:
- Al 56 % le daba vergüenza pedir ayuda.
- Más de la mitad no sabía dónde encontrar apoyo en salud mental.
- Muchos recurrían al aislamiento, la agresividad, los videojuegos o el consumo de sustancias para sobrellevar la situación.
“A los chicos se les dice que sean fuertes, que protejan, que provean, pero nunca que lloren, que pidan ayuda”, explica Danylo. “Perdieron el interés en cosas que antes adoraban. En lugar de hablar con sus compañeros, se refugian en las pantallas, en juegos, en el silencio”.
Estos comportamientos, lo que los investigadores llaman afrontamiento desadaptativo, son, como dice Danylo, “simplemente formas de intentar sobrevivir”.
Con el tiempo, la presión emocional se volvió insoportable. Danylo llegó a un punto en el que no podía seguir sin apoyo profesional, una decisión que, según él, le salvó la vida. “Con la ayuda de especialistas en salud mental, pude volver a disfrutar de mis aficiones”, afirma.
Una afición en particular se convirtió en un ancla: la fotografía analógica. “A veces nunca sabes qué esperar de ella, igual que en la vida”.
Ha aprendido que sanar es un proceso lento y desigual. “Algunos días me siento esperanzado. Otros días, no siento nada”, dice con honestidad. “Pero de lo que estoy seguro es de que, si las cosas aún no están bien, significa que todavía no es el final”.
A pesar de todo, Danylo conserva una esperanza. “Espero que las familias separadas por la guerra pronto puedan volver a sentarse juntas en la misma mesa”.
En el este de Ucrania, miles de jóvenes como Danylo están empezando a sanar con el apoyo de servicios centrados en la salud mental y la resiliencia. Pero, mientras se espere que los hombres jóvenes permanezcan en silencio, sus heridas seguirán siendo invisibles.


