Cuando las nubes se acumulan sobre el distrito de Mulanje, en el sur de Malawi, Winny, de 35 años, siente cómo un nudo ya habitual se le forma en el estómago. Durante años, las lluvias no han traído alivio, sino destrucción: inundaciones, ciclones, cosechas perdidas y el miedo constante de tener que empezar de nuevo sin nada.
Winny vive con sus cinco hijos —el menor de ellos, huérfano y a su cargo— en una zona baja donde el nivel del río se acerca un poco más cada año.
“Dejé de estudiar cuando tenía 14 años porque mis padres murieron”, explica. “No recibí ninguna ayuda. Me casé a los 19 años”. Pero su marido también falleció, y Winny se convirtió en la única proveedora de la familia, una carga que no ha hecho más que aumentar con cada ciclón que se ha encadenado en los últimos tres años.
Ciclones: cuando el clima arrasa con toda una vida
“Los ciclones nos han traído muchas dificultades”, dice Winny en voz baja. “Perdimos una cosecha tras otra entre 2022 y 2024: maíz, frijoles e incluso parte del ganado”.
En 2023, el ciclón Freddy dañó gravemente la casa de Winny y la familia perdió casi todo. Su tierra, antes productiva y estable, ahora permanece anegada durante gran parte del año. Después de que el ciclón Jude azotara la zona a principios de 2025, el agua de la inundación se quedó estancada.
“Ahora mismo nuestra finca está inundada. No puedo trabajar mi tierra en este momento”.
Antes de que los desastres se intensificaran, Winny cosechaba dos veces al año. En las buenas temporadas, su granero se llenaba con maíz, sorgo, frijoles, arroz y soja. Alimentaba a sus hijos y vendía el excedente para comprar ropa, jabón y material escolar.
“El maíz era especialmente exitoso”, recuerda. “Durante las cosechas abundantes podía usar una parte para alimentarnos y vender el resto”. Pero hoy la supervivencia ha reemplazado a la planificación. “Dependo de otras personas”, admite. “Me preocupa si podré recuperar mi tierra para volver a cosechar”.
Incluso antes de los ciclones, los periodos ocasionales de sequía ya dificultaban su vida,, pero nada comparable con la devastación de los últimos años. El río ha cambiado su curso, invadiendo sus campos y llevándose la poca estabilidad que les quedaba.
“No tengo otra tierra ni otra casa”, dice Winny. “Es difícil protegerse de las inundaciones. No hay posibilidad de cultivar otros cultivos”.
El impacto en sus hijos e hijas le pesa profundamente. Sin ingresos, llevarlos al colegio a menudo queda fuera de su alcance. “Los ciclones han tenido un gran impacto en mis hijos. No pude enviarlos al colegio y querían dejar de ir”, cuenta. “Ahora les digo que puede que la vida nunca vuelva a la normalidad. Puede que tengamos que cultivar la tierra de otras personas solo para sobrevivir”.
Las alertas que no llegan
Las alertas tempranas podrían marcar la diferencia, pero a menudo llegan demasiado tarde. “Las advertencias de inundación llegan demasiado tarde y, como resultado, la gente sufre”, explica. “Si nos avisasen con tiempo, podríamos trasladarnos de las zonas bajas a terrenos más altos”.
Aun así, incluso en medio de las dificultades, Winny se aferra a sus sueños, tanto para ella como para sus hijos. “Espero encontrar otro lugar donde construir una casa y empezar un pequeño negocio para mantener a mi familia”, dice.
Más que nada, quiere que sus hijas sigan estudiando. “Quiero que mis hijas continúen con su educación. Si mis hijos e hijas pudieran continuar en el colegio, a pesar de los desafíos, todo sería mejor”.
El apoyo de Plan International
El apoyo de Plan International ha proporcionado un alivio crucial en los momentos más difíciles. Después del ciclón Freddy, la familia de Winny recibió alimentos, mantas, cubos para agua y kits de dignidad. Cuando el ciclón Jude les azotó en 2025, Plan International volvió a responder, ofreciendo asistencia inmediata a los hogares afectados.
“Sé que Plan International ayuda a los estudiantes proporcionándoles materiales y libros para las escuelas. Además, en tiempos de desastre, proporcionan comida y ayuda”, dice. “También nos dieron cubos, mantas y soja para ayudarnos a sobrevivir”.
Winny está profundamente agradecida con su comunidad, con el jefe local que les proporcionó tierra y refugio temporal, y con los trabajadores humanitarios que llegaron cuando el agua subió. Pero también sabe que la recuperación llevará tiempo y que necesitará seguir recibiendo apoyo.
Mientras observa los campos inundados donde sus cultivos luchan por crecer en la tierra empapada, Winny se siente a la vez esperanzada y temerosa. Pero sigue adelante, por sus hijos, por su futuro y por la posibilidad de que algún día las lluvias vuelvan a traer vida en lugar de pérdidas.


